Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de la barba, le pregunta:
—¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?
—Ninguno.
No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, permanecen abiertos.
A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por entre el chaleco y el pantalón...
Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como un paseo en tranvía.
Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su sombrerera y su paraguas.
—Buenos días—dice.
Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...