Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.

Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. Instantáneamente se quedó triste. “Un día—suspiró—me bajarán a la tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan vulgares que nunca reflexionen en esto...!”

Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay me examinaron. Me halló confortable.

—Es buen coche—dijo.

Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:

—¡Vamos muy despacio!

Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...” “Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente, a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada, seguía el mismo orden.

Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa juvenil bañaba su rostro en luz.—“Raquel”—pensé. Antes de que el tren se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.

De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.

—Son antiguos “clientes” míos—continuó Dos-Caras—; quiero decir, que ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque él viene.