Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los celos y el despecho de ver que “sus clientes”—como él les llamaba—le dejaban por mí.

—Hace más de un año—dijo—que ambos se quieren. ¡Bah, ya se cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.

Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una intransigencia irritante.

—¡Calla, bárbaro!—le grité—: bien se advierte que te fabricaron con maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan dura—tierra de inquisidores—, infiltró su crueldad.

Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica, no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.

—Mientras los hombres—proseguí—acaparen todos los empleos; mientras dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las conviden”...—¡palabra odiosa!—el amor, ejercítese a espaldas de la Ley o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas, tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois nuestras—dicen—nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos; de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y precisa comer! Las menos exigentes—con cariño o sin él—se entregan libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan “venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en oficina o mostrador, todas—¡y bien a pesar suyo!—llevan su porvenir en aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...

Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que, perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo fuí quien primero aflojó el ceño.

—De hoy en adelante—exclamé—no volveremos a discutir: ¿para qué, si no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores libres y los ladrones.

—Y a mí—replicó Dos-Caras—que soy tradicionalista, me gusta el matrimonio y la Guardia Civil.

Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con un gesto me señalaba.