Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían los párpados.
El preguntó:
—¿Lástima de noche, verdad?
Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, delicadamente, fingió no advertir.
—¿Por qué?—dijo—; ¿no estamos juntos?
No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:
—¿Me quieres?—indagó.
Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:
—¿No lo sabes?...
Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó desconcertado: