—¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...
Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi abrazados, dormían los dos.
Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo compañero, que se disponía a marchar.
—¿Te han dicho la hecatombe?—gritó.
—¿Cuál?—repuse inquieto.
—La del “rápido” de Gijón.
—No.
—Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.
La noticia—divulgada al siguiente día por la Prensa—me causó un efecto desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No supe qué responder; empecé a temblar...
—¿Te acuerdas—prosiguió el viejo vagón—del miedo que el pobre Doña Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?