—Sí, que me acuerdo.
—Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había tal: era un presentimiento.
XVI
Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.
Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa a todo el convoy.
Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de hombros.
—Son mudos—pensé.
Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.
—Sí—respondió—; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y aun creo que ha viajado conmigo.
Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un poco a mí. “Un mudo—reflexionaba yo—es el tránsito entre los que sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y adornaba su rostro de mejillas nacarinas—como de efebo—con una barbita recortada “en punta”.