Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas egoístas:

—¡Un mudo!—rezongaban todos—; ¡bah; que se fastidie!...

Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de buen pergeño.

—¡Otro mudo!—pensé asombrado—: ¡también es casualidad! ¡Nunca había visto mudos y, de repente, conozco tres!...

Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se importunan mutuamente en los viajes.

—¿Dónde va usted?

—A La Coruña.

—Lo celebro mucho: yo, también.

—Hay demasiado público; vamos a descansar mal.

—Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?