—Muy poco: de madrugada, únicamente.
—Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los párpados...
Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...
Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los dos mudos, exclama campechano:
—¡Salud, don Andrés!...
El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y responde:
—¡Don Juan, usted por aquí!...
Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una puerta...
—¿Va usted bien colocado?—inquiere don Juan.
—No—replica don Andrés—; he tenido la desgracia de ir a caer junto a un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...