Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:

—¿Pero usted no es mudo?...

Don Andrés también rie:

—¡No!—exclama un tanto despectivamente—; poco a poco: ¡yo, qué he de ser mudo!...

A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:

—¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!

Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue retador:

—En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se lo tolero!...

El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las explicaciones pacifistas.

—Yo—dice don Andrés—sé hablar magistralmente con las manos, y a la estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.