—Y yo—interrumpió el joven embigotado—, que también conozco perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.
—¡Y yo creí que usted era mudo!—exclamó don Andrés.
—¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué pueden conversar dos personas que no se conocen?...
Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.
En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena—los dolores pesan más que los años—le oprimiese.
Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, Raquel preguntó:
—¿Qué tienes?...
El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de superioridad compasiva, tal vez un poquito—¡oh, muy poco!—de ironía, porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.
Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:
—¿Qué tienes?... Háblame...