A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.
—¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?—murmuró—. ¿La crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro, hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente desgraciado. ¿Comprendes esto?
Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el bronce de su cara y le aceraba los ojos:
—En El anillo de los Nibelungos—¿te acuerdas?... lo vimos juntos—Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.
Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...
—¿A qué seguir?—exclamó—; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...
Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.
El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.
—Algo esconde que no sabré nunca—meditaba—; es decir, hay en ella algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: “Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... ¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas estuviesen juntas...
Prosiguió su indagatoria: