—¿Por qué?
—Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las infidelidades no tienen importancia, acaso porque—allá en lo más íntimo—creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más gente que los ferrocarriles.
Tras unos momentos de silencio, añadió:
—Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te has manchado de sangre alguna vez?
—Sí.
—¿Por fuera o por dentro?
—Por dentro y por fuera.
Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi “expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.
—Lo más grave, lo que decide de tu sino—replicó reposadamente Dos-Caras—, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te ensangrentaste las ruedas?
—Probablemente menos de ocho años.