—¡Temprano se acercó la muerte a ti!...

Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, agregó, sibilino:

—La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una jettatura de drama. Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...

Concluyó:

—Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has comunicado tu maleficio.

Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque—pensé—no concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don profético, había hablado bien.

Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso—los ocupantes del convoy no llegarían a sesenta—y con un cielo transparente, magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.

Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:

—Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben reservarse los sitios mejores del convoy.

Me eché a reir.