—Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los terceras”—dije—habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría de nuestros inquilinos viajan de balde.

—Bien, sí—tartamudeó Dos-Caras—; pero eso no importa.

—Pienso como tú.

—No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. “Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia—especialmente en los tiempos actuales—no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...

Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude leer más, porque en su corazón no había más...

Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me libre... porque toda bala tiene algo de llave”...

Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...

—Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué necesitaba la libertad?...

De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:

“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te adoro. Raquel”.