Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin pensar, como idiota. En seguida reanudó su discurso:
—¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este absurdo?...
Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.
—¡Las había olvidado!—murmuró—; ¡oh, qué ligereza! Es necesario destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son sagradas... ¡porque son suyas!...
Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente, invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos. También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del convoy; parecían seguirle, acosarle, con la obstinación de los recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba, volvía a subir... “—¿Por qué resiste tanto?—don Rodrigo pensaba—; ¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.
Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras, a quien referí cuanto acababa de observar.
—¿Y crees tú—repuso—que matará a Raquel en la estación?
—Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.
—¡Con tal—gruñó—que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!... Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...
Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra; sabíamos—porque las ruedas nos lo decían—que repechábamos, y nada más.