Dos-Caras me habló.

—¿Cabal, tienes miedo?

Respondí la verdad:

—Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...

—También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.

—¿Tú crees en brujerías?

—Creo—replicó—en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...

Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo. La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.

—¿Tienes miedo todavía?—pregunté a mi compañero.

—Más miedo que nunca—repuso—; pues cuando la locomotora silba tanto es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.