A poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué buena señal.
—Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo—comentó Dos-Caras.
En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.
—¡Un tren!—grité—¡Viene un tren!...
—El de Villafranca—gimió Dos-Caras.
—¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...
No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor, con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.
XVII
Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás, en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el plano descendente de mi vida empezaba.