En los quince días que duró mi convalecencia, mis curanderos—carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas, electricistas, tapiceros, etc.—infligiéronme crueles padecimientos. Las averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después: me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya, se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante. A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.
Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme, a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes, volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al sol. Mis camaradas me felicitaban.
—Sea enhorabuena—decían—; estás mejor que antes, más joven...
—¡Buen viaje, Cabal!—me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún no habían dado “de alta”.
Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado, maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”. Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba sobre mí. “La sangre llama a la sangre”—había asegurado el viejo compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte años, podía volver...
De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un “primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los “correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad; en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.
Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.
Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido” asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”, provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos. Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos; estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra inmovilidad parecía aún más trágica.
Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el lote figurábamos nosotros. Al reconocerme—y lo hizo con severa escrupulosidad—uno de aquellos caballeros exclamó:
—¡Este coche no parece malo!