El señor a quien dirigía la observación repuso:
—Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.
Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.
Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá, dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que, desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el aire es más seco.
—Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones levantinas—pensé—será cordial para mí como una estación de invierno.
Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana—y como para borrar mi pasado—, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte, sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer a mis compañeros de ruta.
A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le testimoniaban respeto.
Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente respondí a sus averiguaciones—pues nunca me gustó caminar de prisa en la amistad—; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña—callé que en un “correo”—y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad; debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás. Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la “novatada”; era algo de lo que—según muchas veces he oído contar—les sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.
—¡Buen chasco vais a llevaros!—meditaba yo.
Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me interrogó: