La acción se desenvuelve durante los últimos días de Sagunto, cuyo espíritu, costumbres y trajes fueron evocados y descritos con sorprendente precisión. Sónnica es una cortesana que, por no dejar á un amante, llevó á las costas levantinas de España un rayo del sol alegre de Grecia, la cuna excelsa de la filosofía y del arte, donde las mujeres, cual las diosas, tenían la bondad de aliviar el dolor de los hombres mostrándose desnudas: como era generosa, el pueblo la adoraba, y en su palacio suntuoso, hecho de mármoles, las luces que alumbraban los festines con que la hetera obsequiaba á sus invitados, no se apagaban nunca antes de salir el sol. Alrededor de Sónnica aparecen agrupadas la figura belicosa de Acteón, amigo de Anníbal; la del cínico parásito y filósofo Eufobias, la del afeminado Lácaro, la de los jóvenes amantes Ranto y Eroción, la del famoso arquero Mopso y otras, que, unidas todas, recomponen cabalmente el alma, orgullosa y democrática á la vez, de la época.

En el cuadro final, con el fiero asalto que dieron á las murallas saguntinas las tropas semi-bárbaras que acaudillaba el general cartaginés y el heroísmo con que los sitiados, cogidos de las manos, se precipitaban en la hoguera inmensa donde habían jurado perecer, el autor puso todo su aliento y supo darnos la emoción de aquella epopeya, asombro del mundo antigua y gloria todavía de nuestra raza.

A fines del año siguiente, ó sea en Noviembre de 1902, Vicente Blasco Ibáñez publicó su novela Cañas y barro, el mejor, á mi juicio, de todos sus libros. Luego supe que su autor lo tenía en igual estima, y no me extrañó; Cañas y barro es una obra maestra.

Explicar el argumento de esta novela es empresa difícil, porque más que un asunto puede afirmarse que hay en ella dos ó muchos, todos igualmente interesantes y desarrollados simultáneamente, lo que da á la narración una jugosidad excepcional, un «calor de humanidad» extraordinario: es el espejo donde van reflejándose las historias de varias familias que viven paralelamente, el tornavoz que recoge los gritos de dolor, las zozobras, las alegrías mezquinas, todas las palpitaciones, en suma, de un trozo del pintoresco enjambre humano. Cañas y barro es la vida en la célebre Albufera valenciana, húmeda, fangosa, calenturienta, con sus arrozales, que forman horizonte. ¿Tipos?... Los hay á puñados; podrían contarse por docenas: allí están el tío Paloma, el pescador más antiguo del lago, alma independiente, movediza como su propia barca, para quien el oficio de agricultor es una profesión de esclavos; su hijo Toni, voluntad de acero, trabajador infatigable, empeñado en rellenar con tierra traída de muy lejos una charca profunda que le cedió graciosamente cierta señora rica «que no sabía qué hacer de ella»; Tonet el Cubano, flor de vicio, tumbón y sensual, que aspira á vivir en la holganza merced á la protección de su querida Neleta, esposa del rico tabernero y antiguo contrabandista Cañamel; el borracho Sangonera, socarrón delicioso, especie de dios Baco, á quien los habitantes del lago solían encontrar dormido junto á las orillas, la cabeza ceñida de flores, y que al cabo murió de un atracón; el pare Miquel, la Borda, la Samaruca y otros... Todos estos seres, moviéndose en el mismo escenario y agitados por sentimientos afines, dan una sensación rotunda, magnífica, de humanidad en marcha.

La atención del lector, sin embargo, propende inconscientemente á olvidar la epopeya grandiosa de Toni para fijarse en los amores adulterinos de Neleta con Tonet el Cubano. Cañamel ha muerto, Neleta se halla encinta de su amante y es indispensable que el niño desaparezca, pues, de lo contrario, la viuda, por su proceder liviano, perdería su derecho á heredar al difunto, según éste lo determinó en su testamento. En aquella desalmada mujer la codicia es más fuerte que el instinto maternal, y el recién nacido es inmolado sin piedad; su mismo padre lo sacrifica: le llevaba en su lancha, y de pronto, asiéndole con ambas manos, le arrojó violentamente lejos de sí, «como si quisiera aligerar la embarcación de un lastre inmenso». Y más tarde, cuando el Cubano, horrorizado de su crimen, se suicida, Toni, su padre, enterado por el tío Paloma de lo ocurrido, le inhuma secretamente. ¿Dónde? En su charca. La Borda, su hija adoptiva, le ayudó en esta operación macabra. Amanecía y las primeras luces matutinas daban al lago la tonalidad gris de una lámina inmensa de acero. Cogieron entre los dos el cadáver y le descendieron á la fosa cuidadosamente, «como si fuese un enfermo que podía despertar». El sepelio concluyó. ¡Pobre Toni! «Su vida estaba terminada». ¿Cómo dar idea de su dolor lacerante, infinito?... «Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida. Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones; ahora, cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el hijo, el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.»

La crítica creyó ver en este final prodigioso un «efectismo»; algo muy bello, sí, pero artificiosamente preparado desde el principio de la obra. No hay tal. Yo quiero hacer constar que ese desenlace fué una «improvisación». Blasco Ibáñez, apenas salió de la Albufera donde, para estudiarla de cerca, acababa de pasar ocho ó diez días pescando y durmiendo al raso en el fondo de una barca, empezó á escribir su novela sin saber aún cómo la concluiría. Comenzaba la estación otoñal. Muchas noches, desde un balcón de su finca de la Malvarrosa, Blasco miraba al mar tranquilo, susurrante, plateado por la luna, mientras tarareaba la «Marcha Fúnebre» de Sigfrido. Entretanto, meditaba el último capítulo de su libro. De pronto «lo vió»; fué una emoción tan eficaz que casi la sintió en los ojos; acababa de sugerírselo el recuerdo del cadáver del héroe wagneriano, tendido sobre su escudo y llevado por sus guerreros...

¿Y por qué no había de ser así, según el novelista lo explica?

No olvidemos que para Vicente Blasco Ibáñez, fácil más que ningún otro artista á las emboscadas de la impresión, «el arte es instinto».