Guarda este libro páginas soberbias, como las consagradas al entierro de Pascualet y al incendio de la barraca, y hasta media docena de tipos perfectamente trazados. Su autor lo escribió de un tirón y en un estado de hiperestesia que iba creciendo y agudizándose conforme se acercaba el desenlace. Los dos últimos capítulos, especialmente, llegaron á colocarle en un estado de verdadero desequilibrio mental. Sufrió alucinaciones. La noche en que terminó la novela trabajó hasta la madrugada; estaba solo; acababa de escribir la cuartilla final y levantó la cabeza: sentado delante de él vió á Pimentó. La impresión fué tan violenta, que Blasco tiró la pluma y retrocediendo, como para no ser acometido por la espalda, se retiró á su cuarto; la sombra trágica del huertano permaneció allí, de codos sobre la mesa, junto al quinqué, inmóvil en medio del silencio y la amplitud del salón obscuro.
El triunfo obtenido dos años más tarde por Entre naranjos, igualó y acaso sobrepujó, al de La barraca.
Hay en esta novela una parte autobiográfica muy interesante. Blasco Ibáñez había conocido en uno de sus viajes á cierta artista rusa, tiple de ópera, mujer extraordinaria, hermosa, fuerte y sádica como una walkyria, que recorría el mundo llevando consigo á una pobre muchacha á quien en sus frecuentes arrebatos de mal humor azotaba cruelmente. Fueron aquéllos unos amores de pesadilla, vehementes y rápidos; la artista, con su elevada estatura y sus biceps de hierro, era una verdadera amazona, celosa y agresiva, de la que sus amantes necesitaban defenderse á puñetazos; instintivamente su temperamento rebelde se negaba á rendirse, y cada posesión requería una escena ancestral de lucha y de doma, en la que luego los besos servían para restañar la sangre de los golpes.
La acción principal de la novela se desarrolla cerca de Valencia, en Alcira, pueblo lindísimo, pintoresco como un capricho de abanico, cuyo blanco caserío parece flotar sobre el océano verde de los inmensos naranjales que lo circundan.
Leonora, artista de ópera de reputación mundial, se ha refugiado allí guiada por esa necesidad de aislamiento que las almas aventureras sienten de cuando en cuando. Rafael Brull, á quien sus adeptos acaban de elegir diputado, se enamora de ella; Leonora quiere resistir, tiene miedo á las pasiones que desencadena su belleza... pero la soledad, que enardece las imaginaciones, suele ser mala consejera de la virtud, y al cabo resbala y se abandona entre los brazos de Rafael una noche de luna, bajo los naranjos cuajados de azahares. Esta aventura concita contra la artista los odios de todo el vecindario, pacato y católico. Leonora se encoge de hombros; ¿qué pueden importarla la enemistad ó las groserías de aquellas pobres gentes? Pero, al mismo tiempo, su voluntad errante siente el deseo, cada vez más exigente y punzador, de volver al mundo para correr tras el espejismo de los horizontes; es su sino... Brull quiere seguirla, y su intento fracasa: se lo impiden «su pasado», el recuerdo de su padre, el carácter de su madre, devota y austera, y hasta el amor de su prometida, muchacha modosita, insignificante, que aportará al matrimonio una herencia considerable... Leonora y Rafael se separan, y ni una sola carta vuelve á cruzarse entre ellos. Todo ha concluido. Rafael Brull se casa, tiene hijos y su nombre obscuro aparece alguna vez que otra en el Diario de Sesiones. Transcurren muchos años. Una tarde, al salir del Congreso, el diputado se encuentra con Leonora. Es la walkyria de siempre, fuerte y hermosa; acaba de llegar á Madrid y á la mañana siguiente piensa salir para Lisboa. Brull siente renacer en su alma los recuerdos de su antiguo amor: está triste, aburrido; sus ojos se llenan de lágrimas; aún pueden ser felices...
Ella le rechaza con estas palabras bellas y tristes:
«—No te esfuerces, Rafael—dice—, esto se acabó. El Amor que dejaste pasar está lejos, tan lejos, que aunque corriéramos mucho, nunca le daríamos alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo fueron nuestra alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de la moda pasada...»
Leonora se despide de su antiguo amante fríamente, y Rafael Brull permanece solo en medio de la acera, ridículo, abatido, casi viejo, haciendo esfuerzos sobrehumanos para reprimir el deseo, un inmenso deseo que tiene, de echarse á llorar...
Así, suavemente, con la melancolía de un pañuelo mojado en lágrimas que desde lejos nos dijese «adiós», termina el libro; libro exquisito, aromado por la tragedia, la gran tragedia sin sangre, de las ilusiones perdidas.
Sónnica la cortesana constituye, en la técnica de Vicente Blasco Ibáñez, un «gesto» aparte; y si la incluyo entre sus «novelas regionales», es porque su autor, según confesión propia, más que un vano alarde arqueológico, trató de hacer con este libro «la novela valenciana antigua».