«Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué substituida por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el lóbrego tabuco: á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media docena de taburetes de esparto.»
En aquel ambiente crecieron Pascual y Tonet. No parecían hermanos: Pascual, á quien luego llamaron el Retor, era, como su padre, de complexión recia y voluntarioso para el trabajo, económico, dócil, callado; todo lo contrario de Tonet, vagabundo y pinturero, tan aficionado al vino como á holgar con las mozas. El Retor se casa con Dolores, Tonet con Rosario; y más adelante Dolores y Tonet, que en otro tiempo fueron novios, vuelven á tener relaciones, pero esta vez más íntimas, más graves... La narración va devanándose rápidamente y con un interés dramático que crece según se aproxima el desenlace. Cuando el pobre Retor descubre la traición de su compañera y se convence de que Pascualet, el chiquillo que creía suyo, es hijo de su hermano, sus celos se desbocan y por sus brazos nervudos de remero corre un estremecimiento homicida. Quiere abalanzarse sobre Tonet, trabarle por la garganta, arrancarle aquella lengua infame que engañó á su Dolores y la precipitó al adulterio. Luego reflexiona; esto aún es poco; Tonet debe morir... pero ¿y él? ¿Podrá ser dichoso entre la mujer que le traicionó y aquel hijo que no es suyo? Por primera vez, su alma heroica, que hasta entonces peleó sin fatiga, siente el trabajo de vivir y la inútil melancolía del esfuerzo. ¡Sí, era preferible acabar! Y una madrugada, desoyendo los consejos de otros patronos que no comprendían la terquedad de Pascual, éste aparejó su barca y acompañado de Tonet y del muchacho, salió al encuentro de la tempestad que ya empezaba á rugir en el horizonte. Ninguno de los tres volvió...
Hay en esta novela tipos gallardamente dibujados, como el de la tía Picores, una especie de leona de la Pescadería, procaz y deslenguada, capaz de reñir á puñetazos con un hombre; el del tío Paella, padre de Dolores; el del «siñor Martínes», carabinero andaluz, perezoso y sentimental, que pasa como un soplo de poesía por la taberna de Tona; y el de su hija Roseta, aquella virgen rubia, con largos ojos azules y contemplativos, «que lo sabía todo». Y también merecen recordarse dos ó tres escenas de primer orden: tales como la del naufragio, la de la bendición de la barca, y la de aquella tarde en que Pascual y Tonet deciden ir á Argel por un cargamento de tabaco. En esta última descripción, especialmente, Blasco Ibáñez se excede y mejora á sí mismo; la blancura de la playa arenosa reverberante bajo el sol; la quietud de las barcas tendidas á lo largo de la costa con un abandono casi inteligente, cual si tuviesen conciencia de que descansan; la serenidad verde del mar emperezado por el calor de la siesta; el silencio, el enorme silencio, que llena el espacio azul; y, á ratos, en la lejanía luminosa del horizonte, una vela blanca, como una pechuga de gaviota... componen un lienzo pasmoso que Joaquín Sorolla hubiese firmado.
Los azares de la política apartaron momentáneamente á Vicente Blasco Ibáñez de la política. Por aquella época el encono de los partidos llegó á su apogeo; Valencia hervía; todas las semanas estallaba un motín y la sangre liberal enrojecía las calles; sobre la redacción de El Pueblo llovían denuncias. Blasco Ibáñez se vió encerrado durante ocho meses en la cárcel de San Gregorio, y al cabo tuvo la fortuna de que la pena de reclusión le fuese conmutada por la de destierro. Entonces emigró á Italia, donde escribió los capítulos de su libro En el país del arte, publicado en 1896.
Sin embargo, el público, el gran público indiferente de España, no conocía aún al escritor rebelde, mitad artista, mitad político, que batallaba en una capital de provincias. Ante su nombre, la crítica, tan servicial y diligente con los «consagrados» como desdeñosa con los «nuevos», callaba y se encogía de hombros perezosamente. Así Blasco Ibáñez no paladeó las mieles de una verdadera victoria hasta dos años más tarde, en 1898, con la publicación de La barraca.
¡Libro admirable! Su autor «lo vió» bien, de un golpe, y lo escribió con una vehemencia y una diafanidad de estilo inimitables. Toda «el alma» árabe, brava y sufrida de los hijos de la huerta, late allí: la lucha de los hombres con la tierra, el cariño dedicado por el labrador al caballo que trabaja con él sobre el surco y al perro que de noche vigila su hacienda; el respeto tradicional al «amo» que de hecho, ya que no de derecho, oprime todavía á sus colonos con el peso de una autoridad omnímoda y feudal; y también «el alma» del paisaje, con su cielo añilado, sus palmeras hieráticas eternamente tristes, su red de infinitos y pequeños canales, por donde el agua, semejante á un dios helénico, bordea los verdes bancales, distribuyendo en ellos, con su frescura murmurante, el regocijo de la vida. En La barraca nada falta, nada tampoco sobra; en la historia de la novela española contemporánea, este libro quedará como un modelo definitivo de nuestra literatura regional.
El tío Barret, como todos sus ascendientes, laboró durante muchos años las tierras del usurero don Salvador; ellas se llevaron lo mejor de su juventud. ¡Cuánto trabajó el infeliz y con cuán poco éxito! Hubo varios años malos, las cosechas fueron mezquinas y el producto de su venta apenas bastó á la manutención de la familia. ¿Cómo pagar á don Salvador los alquileres devengados?... Al verse despedido, el pobre tío Barret trató de conmover el duro corazón del amo. «El, que no había llorado nunca, gimoteó como un niño; toda su altivez, su gravedad moruna, desaparecieron de golpe, y arrodillóse ante el vejete pidiendo que no le abandonara...» Pero el amo se mostró inflexible; él también tenía compromisos y necesitaba dinero, «su dinero»... El tío Barret, humillado, pisoteado cruelmente en su dignidad, se marchó furioso, jurando defender á tiros su derecho á vivir. Transcurrieron varios días. Una tarde el tío Barret salió de su barraca llevando consigo lo mejor que había en ella; «la hoz de su abuelo, una joya que no la cambiaba ni por cincuenta hanegadas». La fatalidad le atravesó á don Salvador en su camino: trabáronse de palabras los dos hombres y el usurero cayó, segada la garganta. El matador fué condenado á cadena perpetua y en el penal de Ceuta finó su triste existencia; su mujer, inútil y vieja, murió en el hospital, y sus cuatro hijas se dispersaron, siguiendo á través de la inmensidad de la humana miseria rumbos distintos: unas se pusieron á servir, otras cayeron en la prostitución... y de este modo, la gran iniquidad legal quedó consumada. Pasó mucho tiempo; los herederos de don Salvador trataron de arrendar la barraca del tío Barret y las tierras á ella anejas, y no lo consiguieron; nadie las quería; diríase que la sombra vengativa del presidiario las defendía, las reclamaba aún; aquellos campos donde hogaño los hierbajos silvestres medraban lozanos, parecían malditos...
Hasta que por la huerta corrió la noticia de que la barraca fatal estaba habitada por una familia venida nadie sabía de dónde. El hecho era cierto. Batiste, un aventurero cansado de probar distintos oficios y de pelear brazo á brazo con la miseria, se había instalado allí acompañado de su mujer Teresa y de sus hijos Roseta, Batistet y Pascualet, á quien por su carita bonachona y rosada, sus padres llamaban «el Obispo». ¡Qué escándalo! El rumor «se transmitía á grito pelado de un campo á otro campo, y un estremecimiento de alarma, de extrañeza, de indignación, corría por toda la vega como si no hubieran transcurrido los siglos y circulara el aviso de que en la playa acababa de aparecer una galera argelina buscando cargamento de carne blanca». Instantáneamente, sin aviso previo, los vecinos organizan contra el intruso una especie de cruzada, á la cabeza de la cual, y como jefe, figura el valentón Pimentó. El forastero está asombrado; si él no hizo daño á nadie, si sólo aspira á vivir pacífica y honradamente, ¿á qué debe atribuir aquel odio?... Una tarde, al tramontar del sol, cierto pastor, anciano y ciego, se acerca al predio maldito y aconseja á Batiste irse de allí cuanto antes: en sus ojos blancos y sin luz, en la lentitud con que levanta al cielo sus brazos sarmentosos, hay algo paternal y cabalístico. Sus palabras resuenan agoreras en el silencio de la tarde; aquellas tierras, regadas con sangre, necesariamente han de ser funestas para quien las cultive. Concluye:
«Creume, fill meu: te portarán desgrasia».
Batiste se encogió de hombros; él á nada tenía miedo y estaba seguro de que sus manos, infatigables como su voluntad, eran capaces de realizar milagros. Y así fué. En poco tiempo aquel campo, que durante diez años había permanecido inculto, apareció limpio de malezas, roturado y dispuesto á producir opulentas cosechas; los muros de la barraca, enjalbegados pulcramente de blanco, relucían alegres bajo el sol; el pozo quedó limpio; ante la casita una parra frondosa tendía su sombra bienhechora sobre una minúscula plazoleta de ladrillos rojos. El sano regocijo que Batiste experimentaba con estas mejoras, duró poco; la experiencia le demostró que jamás se arrostraron impunemente los odios de un pueblo, y la conjuración, solapada al principio, revienta al fin, atacando simultáneamente á los forasteros por todos los caminos. La hostilidad que rodea á los padres trasciende implacable á sus hijos y les envuelve. A Roseta la maltratan las muchachas de su edad, y Batistet y Pascualet son golpeados al salir de la escuela por sus compañeros. La lucha se prolonga semanas y meses tenaz y sin cuartel. En una de aquellas trifulcas Pascualet, el más pequeño de los dos hermanos, cae en una zanja llena de agua, y la impresión de la cruel mojadura determina unas calenturas que acaban con la vida del muchacho. Su padre, acosado por unos y otros, se defiende á tiros y mata á Pimentó. Pero su heroísmo es baldío: una noche, hallándose todos acostados, la barraca empieza á arder; nadie acude en su auxilio; las barracas vecinas permanecen cerradas, y esta indiferencia es lo que mejor demuestra el aborrecimiento que inspiran los intrusos. ¿Qué rumbo seguir? ¿Cómo defenderse de aquel enemigo invisible y enorme? El heroico Batiste acaba por rendirse; no lucharía más: «Huirían de allí para comenzar otra vida, sintiendo el hambre tras ellos, pisándoles los talones; dejarían á sus espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecillo de uno de los suyos, del pobre albaet, que se pudría en las entrañas de aquella tierra, como víctima inocente de la loca batalla.»