De este primer matrimonio le quedó á doña Manuela un hijo, llamado Juan, á quien no amaba porque tenía, como su padre, las manos grandes y el tipo vulgar.
Al año siguiente casó doña Manuela con su primo Rafael Pajares, médico licencioso y gastador, del que hubo tres hijos. Aquel matrimonio fué breve; Pajares, roído y maltrecho por sus vicios, murió pronto, pero dejando notablemente quebrantada la fortuna de su mujer. Esta, sin embargo, no se intimidó; un implacable «delirio de grandezas» la poseía; su desbocada ambición soñaba casar á sus hijas con príncipes ó millonarios y esperaba de la Fortuna novelescas sonrisas. Firme en su propósito, hipotecó sus fincas, pidió dinero á rédito, amontonó deudas sobre deudas y al cabo llegó á la ruina total. Entonces, desesperada, sin amor, con la sordidez brutal de una ramera, abandonóse entre los brazos de su antiguo dependiente, Antonio Cuadros, dueño á la sazón de Las tres rosas. Hasta que, de súbito, la catástrofe que se cernía sobre todos los desdichados personajes de este gran drama, tan vulgar y, no obstante, tan intenso, explota horrísono y tableteante como trueno apocalíptico. La misma tarde en que Juan descubre los sucios amores de su madre, el famoso banquero don Ramón Morte, especie de dios penate con levita y sombrero de copa, que parecía velar por los intereses de infinidad de familias, quiebra fraudulentamente y huye de la ciudad; unos le suponen camino de América, otros le creen refugiado en Francia... En aquella quiebra Juan pierde todos sus ahorros, y Antonio Cuadros, que ve evaporarse con Morte la mayor parte de su fortuna, desaparece también. Juan muere de dolor; doña Manuela y sus hijas se ven desamparadas; ¿qué será de ellas?... Ni fuerzas tienen para llorar; la palabra «ruina», en la que nunca meditaron, las envuelve ahora, tejiendo á su alrededor una especie de noche inmensa.
El libro no concluiría bien si no hablase de don Eugenio, «el veterano del Mercado». ¿Qué hacía, en medio de tanto dolor, el fundador de Las tres rosas?... ¡Ah! Viéndose solo, miserable y sin la tienda donde enterró las savias todas de su juventud, ¿qué había de hacer, sino morir?... Y así fué: murió donde había vivido, en la plaza, frente á San Juan. «Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel lugar donde su padre le había abandonado setenta años antes; después cayó de bruces en la acera.»
Esta obra, en el curso de la cual intervienen catorce ó diez y seis figuras sobriamente trazadas, y en que el enérgico interés de la fábula permite al lector ir sin fatiga de uno á otro episodio, anunciaba en Vicente Blasco Ibáñez, muy joven entonces, un novelista de grandes recursos y de visión amplísima. La crítica reconoció que el provinciano y obscuro autor de Arroz y tartana, «prometía». Las ilusiones de los que así le juzgaron no resultaron fallidas: Blasco las satisfizo todas publicando un año después, en 1895, su lindísima novela Flor de Mayo.
¡Qué emoción tan fuerte, tan inolvidable, deja este libro!... Es pesimista, es trágico; sus últimas páginas, especialmente, tienen toda la amargura del mar, y por su arquitectura cae en absoluto dentro de aquellos moldes en que «el padre» melancólico y casto de la novela moderna, Emilio Zola, fabricaba los suyos. Y, sin embargo, ¡qué extraño raudal de luz, qué alegre vigor y qué intensas ráfagas de ruda poesía hay en él!...
Sirve de escenario á la obra la playa del Cabañal; todos los personajes son pescadores, gente brava y noble, que tiene torpe la palabra y el ademán pronto y vehemente.
Tona casó con el tío Pascualo, pescador temerario que, una noche de borrasca, pereció en el mar. Una ola devolvió su barca á la orilla, y allí le encontraron, «con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de economías amasadas ochavo sobre ochavo». Varios meses la pobre viuda, acompañada de sus hijos Pascual y Tonet, pidió limosna de puerta en puerta. Sus ojos implorantes, arrasados en lágrimas, excitaban la compasión: al principio muchos la socorrían, éste con dinero, aquél con un puñado de pescado ó un trozo de pan; mas esta situación había de durar poco, pues en la ingrata condición humana la virtud de la caridad es la que más pronto se usa y fatiga. Tona lo comprendió así; era una mujer fuerte que sabía mirar cara á cara á la vida; su instinto de conservación venció y se impuso á su dolor.
«No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de mosquitos.
»Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria. La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.»
¡Qué bello símbolo! La vida alimentándose y surgiendo triunfal de la muerte; la desilusión suprema de la nada, sonando á risas y vistiéndose con las flores de una esperanza nueva...