Novelas regionales: “Arroz y tartana”.—“Flor de Mayo”.—“La barraca”.—“Entre naranjos”.—“Sónnica la cortesana”.—“Cañas y barro”.

Son seis las novelas correspondientes á este primer período, y las denomino así por desarrollarse todas ellas en la región valenciana, con tipos y paisajes y hasta modismos de lenguaje arrancados á la gran hermosura bravía de la huerta; no por juzgarlas menos interesantes y comprensivas, ni tampoco inferiores á las que su autor desenvolvió más tarde en amplios escenarios: pues la emoción artística no reside en la magnitud decorativa del «marco», ni en la condición noble de las figuras, como enseñan todavía ridículamente vulgares textos de retórica, sino en esa eficacia descriptiva y en esa habilidad para trazar caracteres reales, que han de llevar al libro, al mármol ó al lienzo, el estremecimiento sagrado de la Vida.

En estas obras, Vicente Blasco Ibáñez, aunque incorrecto muchas veces, y á ratos, quizá, frondoso y plateresco en demasía, se muestra, sin embargo, como un artista fascinante y magnífico, evocador insuperable de horizontes. Toda la orquestal polifonía de la Naturaleza resuena á la vez en su cerebro y es recogida ordenadamente por su sensibilidad delicadísima: no sólo «ve» la realidad, sino que al mismo tiempo la huele, la oye y la siente, cual si la tuviese entre sus brazos: por lo mismo, ni un aroma, ni una nota, ni un color, ni un detalle, se escapan á su penetración vigilante. Guardan estos libros un fragor incesante de pasiones, un revertimiento constante de jugos vitales, una especie de convulsión pánica, que así agita las simientes echadas en el surco, como desborda los ríos y enardece las almas. Alternativamente, luciendo una facilidad elástica donde jamás se atisba el menor rastro de cansancio, Blasco Ibáñez tan pronto se refugia en los caracteres y los diseca y escudriña discreta y sutilmente, como vuelve al mundo objetivo, reconstituyéndolo de diversos modos; unas veces con labor mesurada y paciente de miniaturista, otras á largos trazos, con brochazos heroicos, cual si le tentase la majestad sencilla y enorme del cielo tendido sobre el mar.

Su complexión le lleva á sentir el amor á la Naturaleza con extraordinaria intensidad; aunque siempre escribió en prosa, es un verdadero y altísimo poeta de la vida, un enamorado fervoroso de la tierra, semejante á aquellos sacerdotes de los antiguos cultos que asistían de rodillas al orto del sol. Dueño de una paleta riquísima, los colores del iris le sirven dócilmente y le pertenecen como esclavos; su estilo esplendoroso, ardiente como un mantón filipino, le envuelve bajo el prestigio asiático, hecho de oro y de seda, de un manto real; y á su conjuro, los rincones de la huerta valenciana se rebullen y despiertan, y aparecen á nuestros ojos con toda su cegante luminosidad meridional. Sigamos al maestro en su éxodo desde el lago maravilloso de la Albufera á los bosques de Alcira, aljofarados de oro por las naranjas; desde las ruinas druídicas de Sagunto la heroica á las playas soleadas y rientes del Cabañal; y sentiremos cómo la poesía, simultáneamente enérgica y perezosa, de aquella tierra sultana, nos penetra y concluye enseñoreándose de nuestro ánimo: por todas partes triunfan el amarillo quemante del sol, el azul vigoroso del espacio, el verde esmeralda de la planicie cultivada, inmensa y prolífica; y aquí y allá, rompiendo la monotonía griega de este acorde magnífico, la belleza árabe de las palmeras litúrgicas, implorantes como sacerdotes en oración, abriendo desmayadamente sus ramas en un gesto de inconsolable dolor; y las barracas enjalbegadas de blanco, con sus techumbres puntiagudas defendidas por una cruz. Y, finalmente, las noches valencianas, noches diáfanas, en las que las olas empenachadas de espuma sonríen misteriosamente bajo la luna con sonrisa de plata, y en que el cielo, bañado en la serenidad lívida de la luz astral, parece más alto...

De todos los libros de esta época, Arroz y tartana es, indudablemente, el más flojo; y, sin embargo, tanto por el número y calidad de sus tipos, como por el raro «calor de humanidad» que hay en él, es una obra recia, de estirpe balzaciana.

Vivir con «arroz y tartana» significa vivir ostentosamente, aparentando poseer mucho más de lo que se tiene y sin cuidarse de la bancarrota, del crac final.

El argumento de esta novela es sencillo, y en él asoman frecuentemente ramalazos de la juventud de su autor.

Como á otros hijos de aragoneses, á don Eugenio García sus padres le abandonaron una mañana en la plaza del Mercado, ante la iglesia de San Juan. El muchacho, al principio, lloró mucho, luego fué consolándose; entró á servir como dependiente en un comercio del barrio, y á fuerza de perseverancia en el trabajo y de economías, pudo establecerse por su cuenta. Bien pronto su tienda, llamada Las tres rosas, fué popular.

Tenía don Eugenio á sus órdenes y como primer dependiente á un tal Melchor Peña, y cultivaba la sociedad de un íntimo y antiguo amigo suyo llamado Manuel Fora, á quien, por haber sido novicio en su juventud, apodaban el Fraile. De su matrimonio, Fora hubo dos hijos: Juan, especulador codicioso y avaro, como su padre, y Manuela, disipadora y pretenciosa.

Manuela y Melchor Peña se casaron y don Eugenio traspasó á su antiguo empleado el comercio, modesto aunque sólido, de Las tres rosas; él ya era viejo y había luchado mucho; debía descansar. Poco después el Fraile murió de apoplejía, legando á cada uno de sus hijos setenta mil duros. Juan, desconfiado y previsor, continuó trabajando y no se movió de la casa solariega; pero Manuela, sin considerar que su herencia no la redituaría lo suficiente para lanzarse á desusados lujos, quiso lucir, salirse de su esfera, humillar á sus amigas. Avergonzándose de su obscuro origen, no sosegó hasta conseguir que su marido se retirase del comercio. ¡Pobre Melchor! Obligado por la nueva existencia que su consorte le imponía á vestirse el frac todas las noches, «su buen humor había desaparecido junto con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillenta hinchaba su cuerpo; y, al fin, un año después de abandonar la tienda, murió, sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad».