Las predicaciones de Luna, conversaciones fáciles, rebosantes de evangélica unción, ocupan casi todas las páginas del libro: él acaricia la visión de una sociedad nueva, gobernada por las blandas leyes del amor; un mundo de paz y de infinita tolerancia, en que no habrá pobres porque tampoco habrá ricos...

Las palabras del anarquista, aunque pacificadoras y ungidas con las mieles misericordiosas, inefables, del Nuevo Testamento, desatan en el obscuro cerebro de las gentes incultas que le escuchan, ideas criminales. Una noche en que Luna cumplía la guardia nocturna de la catedral, «sus discípulos» se presentan, armados y dispuestos á robar el Tesoro del templo: quieren ser ricos, gozar, «ser como esos señores que van en coche y tiran el dinero...» Gabriel Luna, asustado de lo mal que aquellos hombres han interpretado sus doctrinas, les increpa furioso, les amenaza; hasta que uno de ellos se arroja sobre él y con el grueso manojo de llaves que lleva en la mano le rompe la frente.

Una vez más las ovejas, convertidas en lobos devoraron á su pastor. La humanidad es así. Como Cristo, Gabriel Luna pagó con la vida el delito más peligroso de todos los delitos: el delito de ser bueno...

Al año siguiente, en 1904, Blasco Ibáñez publicó El intruso, cuya trama se desenvuelve en Bilbao, la tierra fuerte, hecha de hierro, que alimenta la voracidad insaciable de los Altos Hornos. La catedral es el símbolo de la religión tradicional, quietista y como momificada, que subsiste aislada del mundo y confía á la autoridad y esclarecimiento de su larga historia la salud de su porvenir: El intruso, por el contrario, es la máscara de la religión moderna, la religión militante, que huye del reposo claustral porque comprende que en él está la muerte, y ambula por las calles, y frecuenta salones y publica libros y estrena obras y funda establecimientos de enseñanza y establece compañías anónimas de navegación y acomete negocios de ferrocarriles y de minas, y procura, en fin, asociarse á todas las palpitaciones de la existencia contemporánea. El intruso, para decirlo de una vez, es el jesuíta; «la especie» más inteligente y ladina, y por lo mismo más temible, de la muchedumbre ensotanada; el amo despótico, aunque aparentemente se muestre risueño y tolerante, de muchas fortunas y de muchas conciencias.

Hablando de la célebre Universidad de Deusto, la gran obra del jesuitismo, que alza su mole romana en los alrededores de Bilbao, escribe Blasco Ibáñez estas palabras elocuentes:

«En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían levantado los jesuítas una imagen de San José con un arco de focos eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para formar la sociedad del porvenir.»

El opulento naviero Sánchez Morueta, protagonista del libro, reúne, á un infalible golpe de vista para los negocios, una voluntad de diamante; todo le sale á derechas; lo que arruinó á otros á él le enriquece: es un luchador excepcional que supo sujetar bajo sus rodillas á la fortuna veleidosa y convertirla en una especie de suave y obediente cabalgadura. «Establecía nuevas fabricaciones—dice Blasco—, y al poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él, estaba abroquelado, y aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.»

El novelista se complace en afirmar las proporciones ciclópeas de esta figura, porque así resplandecerá mejor al final el poder ilimitado, disolvente, del jesuitismo. Poco á poco, de un modo imperceptible, con una suavidad sigilosa y rastreante, el enemigo va filtrándose en la intimidad de aquel hogar. El jefe de la casa, alma ruda abstraída en sus negocios, no sospecha la gravedad de la traición que se avecina y que insensiblemente va cercándole. El peligro le estrecha, le provoca, se sienta á su mesa, duerme á su lado por las noches, y él no lo ve. Cristina, su mujer, deposita con impudicia fanática al pie del confesonario sus secretos conyugales más íntimos, y su hija renuncia al amor de un hombre inteligente y de ideas liberales que la pretende, para ser la prometida de un rábula discípulo de Deusto. Cuando Sánchez Morueta se percata de lo que sucede á su alrededor, ya no puede defenderse; es tarde: su esposa, su hija, sus empleados, todos le abruman con idénticos consejos; y él mismo, reconociéndose viejo y triste, siente la necesidad cobarde de ser religioso, de volver los ojos hacia aquel cielo en el que nunca se detuvo á pensar y que, no obstante, tanto y tan eficazmente le había ayudado siempre. Terrores extraños de otra vida le asedian; puede morir y debe ocuparse en lavar su conciencia. El antiguo luchador se rinde á discreción y acaba por ir, acompañado de su familia, á pasar una temporada al monasterio de Loyola: es preciso purificarse, rezar mucho, repartir muchas limosnas; para todo esto cuenta con su padre espiritual. ¡Pobre Sánchez Morueta! «El intruso» había luchado con él en su propia casa y le había vencido.

En La bodega, como en El intruso, «se siente» también la mano del jesuitismo; es algo magnético, invisible, que se cierne en la atmósfera, y unas veces obliga á los obreros á concurrir á misa para no ser expulsados de sus talleres, y otras bendice los campos. En las tortuosas callejas toledanas, como en las minas bilbaínas donde truena la oratoria mordiente del doctor Aresti, como en los feraces campos andaluces por donde pasa la figura evangélica, todo dulzura y caridad de aquel Cristo moderno que se llamó Fermín Salvoechea, laten los mismos dolores, gemebundea el mismo treno inmenso que arranca á los desheredados de todas las provincias la injusticia social.

Pablo Dupont, dueño de una importantísima bodega de Jerez, pertenece á la estirpe hazañosa de los Sánchez Morueta. Su hermano Luis, prototipo «del señorito» andaluz, dilapidador, mujeriego, bravucón é inútil, desdeña los negocios y lleva en su sangre los desbocados apetitos y las insolencias de una raza feudal: los pobres son para él, como en los tiempos medioevales, siervos del terruño, esclavos de la gleba, de los que un caballero principal puede usar libremente y sin extremado quebranto de las buenas costumbres. «Los de abajo», sin embargo, no piensan así, los tiempos han cambiado; lentamente, gota á gota, las modernas corrientes libertarias, van desentumeciendo las conciencias y mostrando á los hombres el camino sagrado de la ciudad futura: y, por lo mismo, á lo largo de esta novela que va devanándose alegre y pintorescamente, se advierten rumores, de lucha intestina, estremecimientos agoreros de odio y de dolor: los maltratados por la suerte se cansan de su servidumbre y la palabra «reivindicación» resuena amenazadora por las noches en el silencio montaraz de las gañanías; los cuerpos, inclinados sobre el surco, de los segadores, se yerguen á ratos con un gesto altivo; las manos que antes se abrían humildes, como implorando una limosna, ahora se crispan conquistadoras y vengativas.