El bondadoso Salvatierra, lamentándose de la abulia nacional, es el principal propagandista de estas ideas emancipadoras.
«—Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No pidáis á los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos el remedio de vuestros males.»
Los campesinos le escuchan, haciendo signos de asentimiento; dice bien el predicador vagabundo; y, poco á poco, el espíritu de rebelión crece como una ola roja y amarga.
Pero Luis Dupont, calavera y orgulloso de su dinero y de su figura, olvida tales presagios, y una noche en que se halla de fiesta en una de sus posesiones, viola á María de la Luz; y poco después un hermano de ésta, convencido de que el miserable galán no piensa reparar su crimen, le insulta y le mata. Pero el mal está hecho; María de la Luz ya no será dichosa, ya no podrá casarse con Rafael, su novio, el elegido adorado de su alma; se lo prohibe su educación cristiana, la creencia absurda de que en la virginidad reside la pureza de la mujer. Rafael opina lo mismo; quiere á María, acaso más que nunca, pero comprende que no debe unirse á ella; el idilio está roto...
Hasta que el bondadoso don Fernando Salvatierra—seudónimo con que el autor presenta en su libro al anarquista Salvoechea—habla con Rafael y le convence de que su desgracia no es irreparable. Necesitaba ser fuerte y sobreponerse á los fantasmas del pasado. ¡La virginidad! ¿Qué es eso? ¿Qué importancia puede tener un detalle físico tan mezquino en el porvenir de dos seres que se aman ardientemente?... Las palabras de Salvatierra resonaban indulgentes y consoladoras en los oídos del mozo:
«Lo sabía todo. ¡Valor! Era una víctima de la corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta. Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es grande.»
Rafael le escucha y poco á poco siente que su dolor y sus celos, tan punzantes hasta entonces, van suavizándose. Dice bien aquel hombre: ¿por qué la integridad física de una mujer ha de anteponerse á la pureza de su espíritu?... El mismo Rafael explica á María de la Luz este pensamiento, pensamiento santo, pues que les ofrenda la felicidad. «Las vergüenzas del cuerpo—dice—representan muy poco... El amor es lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales.»
Y con esta seguridad reparadora se abrazan estrechamente mientras piensan en América, la tierra fértil y hospitalaria, hacia donde se embarcarían muy pronto y en la que les aguardaba una bella vida de cariño y de trabajo.
La horda es, en el orden cronológico, la última de las «novelas de rebeldía»; y entre los muchos aciertos que avaloran este libro, su mismo título, evidentemente es el mayor. Esa «horda» á que Blasco Ibáñez se refiere, es la muchedumbre de desheredados—traperos, matuteros, vagabundos de todas clases, cazadores furtivos, chalanes, pordioseros, ladrones—que vive en las afueras de Madrid, trabajando unas veces, merodeando otras, disputándose los detritus de la gran ciudad alrededor de la cual forman una especie de círculo siniestro y amenazador, cual si olfateasen la oportunidad de caer sobre ella para devorarla. Son los parias de la vida, los ex hombres de que habló Gorki. En torno de la urbe limpia, bien oliente, con sus hermosos paseos, sus palacios de mármol, sus cafés y sus teatros que las mujeres llenan con la alegría lasciva de sus descotes y el frufruteo aromado de sus vestidos; y sobre la cual, de noche, sus millares de luces tienden un halo rojizo y gigante que da la sensación de que toda la ciudad ríe estremeciéndose con la locura de una fiesta báquica, los maltratados de la suerte, los sin fortuna, los hambrientos, parecen rondar como lobos famélicos alrededor del aprisco; sus ojos desesperados relucen en la obscuridad, sus puños se crispan, un rictus ancestral tuerce sus labios y desnuda sus dientes... Madrid no les quiere y les expulsa de su seno, pero les tolera porque ellos, acaparadores de la basura, de lo roto, de lo que se pudre, son los principales mantenedores de la higiene y del aseo de la ciudad; Madrid les desprecia, pero les necesita; les teme, pero no sabría prescindir de su trabajo; y ellos, que lo comprenden, no se alejan mucho de la ciudad, estrechándola, oprimiéndola en un anillo de miseria. ¡Ah, cuando llegue el día del hartazgo!...
«Maltrana—escribe Blasco Ibáñez refiriéndose al protagonista de La horda—pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de Cuatro Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban á sus puertas, haciendo una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando sobre el estiércol á los herederos de sus odios y los ejecutores de sus venganzas.»