Esa habilidad balzaciana que el ilustre novelista posee para idear figuras, constituir familias y darnos la sensación caliente, llena de movilidad y de interés, de las muchedumbres, sobresale en este libro más quizá que en otro ninguno.

Isidro Maltrana es un muchacho ilustrado y de claro entendimiento, pero de flaca y desorientada voluntad, y á este desequilibrio de facultades debemos referir muchas de las desgracias que luego, en el devanar del tiempo, amargan su vida. Nació de una pobre mujer y de un albañil que murió siendo él todavía muy niño. Su abuela materna era una trapera del barrio de las Carolinas llamada la Mariposa, y que vivía maritalmente con un trapero viejo, cazurro, borracho y un poco filósofo, á quien todos conocían por Zaratustra. Isidro Maltrana, por consiguiente, «venía de abajo», era hijo del pueblo y acaso hubiese vivido tranquilamente si, desde pequeño, le hubieran dedicado á un oficio. Mas no fué así; una señora rica y bondadosa, á cuya casa la madre de Isidro iba á trabajar, admirando las excelentes disposiciones que el chiquillo demostraba tener para el estudio, quiso encargarse de su educación y darle una carrera. Maltrana comenzó á estudiar afanosamente, graduóse bachiller y seguía con notable aprovechamiento el penúltimo curso de la facultad de Filosofía y Letras, cuando su protectora falleció. Como por ensalmo el pobre muchacho se halló desamparado, inerme ante la gran batalla de la vida: no tenía carrera, no sabía ningún oficio: «los de arriba», conociendo su origen humilde, le miraban despectivamente; y, por otra parte, para vivir entre los de su clase, le estorbaba su ilustración y poseía unas manos y unos gustos demasiado finos. Era un inadaptable, un inutilizado por el cambio de ambiente, á quien el porvenir reservaba días muy negros.

A falta de otra ocupación mejor, Isidro Maltrana se hizo periodista; su bohemia fué larga, dura, estéril. En sus visitas á Cuatro Caminos, donde vivía su abuela, conoció á Feliciana, hija de un cazador furtivo á quien llamaban Mosco. Isidro y Feliciana se amaron y concluyeron marchándose á vivir á un cuartucho interior situado en las inmediaciones del Rastro. Ella era joven, graciosa y bonita, él era inteligente y alegre; los dos hubiesen podido ser felices; pero la fatalidad les perseguía sañuda, sin darles un momento de tregua. Maltrana carecía de trabajo; su voluntad débil no sabía imponerse; Feliciana estaba encinta: hambrientos, medio desnudos, los dos vencidos fueron á refugiarse en una casuca de las Cambroneras, desamparada y miserable como choza de húngaros. Según vamos acercándonos al desenlace, una tristeza enorme, una melancolía fría y negra de crepúsculo, desciende sobre el libro. La madre de Isidro, que á poco de enviudar fuése á vivir con un albañil, hombre muy de bien, falleció en el hospital; su amante se cayó de un andamio y murió también; el hijo único que tuvieron, criado en el ambiente vicioso del arroyo, estaba en la cárcel; al Mosco, los guardas de la Casa de Campo le mataron á tiros. Finalmente, Feliciana da á luz en el hospital y acaba allí sus días, y su cadáver va á la fosa común después de haber pasado por el espanto de la sala de disección... El Destino es implacable con los pobres: los patea, los tritura, los deshace, les niega hasta el nombre; diríase que no quiere que de ellos quede nada, ni aun el recuerdo... Y esta conclusión sería desoladora si el autor, bondadosamente, no la iluminase con un rayo de esperanza: Isidro Maltrana, desanimado, abúlico y próximo á sumirse en el envilecimiento sin redención del alcoholismo, reacciona á tiempo. Ya no aspira á obtener una reputación literaria, pero trabajará, será un «obrero del arte», ya que no pudo llegar á ser artista. Su voluntad se rebulle y levanta con desacostumbrado brío: peleará con la suerte y la vencerá: lo que no hizo por su pobre compañera, ni por sí mismo, lo hará por su hijo. Esta vez no claudicará; el cariño que aquella criatura le inspira «es de hierro...»

Y este «germinal» inesperado nos consuela asegurándonos que, cerca ó lejos, ¿qué importa la distancia?... la humanidad hallará un mañana de justicia y de paz, un mañana de fraternidad, en el que no habrá dolor...

La catedral, El intruso, La bodega y La horda, son «libros de combate», apasionados, fieros, que desataron contra su autor las más vehementes censuras. Se le tildó de intransigente, de sectario fanático. Conformes; ¿y qué?... Así ha de pelearse, y no es buen soldado quien á la hora de la batalla dispara al aire; los golpes todos al corazón del contrario deben ir dirigidos, pues la importancia de la herida es lo único que informa del mérito de la estocada. Los más egregios paladines de nuestras libertades, respondiendo con la tolerancia á las acometividades sin cuartel de sus enemigos, probaron su ineptitud para la lucha y retrasaron, en más de un siglo, el desarrollo intelectual de España. Al fanatismo y á la intransigencia, con fanatismo y con intransigencia deben rechazarse; como las religiones, las libertades por el hierro y por el fuego deben imponerse; la clemencia vendrá más tarde, después que las cicatrices estén bien curadas y no haya peligros de infección. Así lucha Blasco Ibáñez y así debe lucharse: echando fuera de la barricada todo el cuerpo, poniendo en la reciedumbre de cada golpe toda el alma. El novelista arremete violento contra el poder clerical que empobrece á las naciones y ahoga las iniciativas y rebeldías del pensamiento y ahuyenta del mundo el bienestar de vivir; y truena también contra esa abominable constitución social que puso las riquezas en unas cuantas manos y deja que familias enteras mueran de hambre, de suciedad y de frío sobre una tierra que, mejor cultivada, bastaría á la felicidad de todos. Nada le detiene, y estas cuatro novelas son otras tantas lanzas rotas en pro del Amor, del Trabajo y de la Libertad, los tres únicos caminos que llevan á Sión, la ciudad prometida...

IV

Novelas de la tercera época: “La maja desnuda”.—“Sangre y arena”.—“Los muertos mandan”.—“Luna Benamor”.

Este nuevo ciclo ocupa un período de cerca de cuatro años, ó sea desde la aparición de La mala desnuda, á principios de 1906, hasta Luna Benamor, publicada á mediados de 1909.