Retratados ya los principales aspectos ó paisajes de la novela regional valenciana, y agotados los temas máximos de la novela revolucionaria ó de controversia, Vicente Blasco Ibáñez cambia de rumbo; su espíritu ágil deriva hacia otros horizontes, restringe el escenario donde su observación diligentísima ha de emplearse, y su curiosidad, antes distraída en la contemplación de vastos panoramas, se dedica al estudio de las almas y sabe descender á ellas. El trabajo que hasta entonces fué de síntesis, á partir de este momento será de análisis. El cambio es duro: á ratos, como en muchas hermosísimas páginas de Sangre y arena y de Los muertos mandan sucede, la imaginación libérrima del novelista bate sus alas aquilíferas y se remonta para regalarse con la contemplación de alguna lontananza inmensa, cual si obedeciera al hábito de respirar el aire de las grandes alturas; pero bien pronto el prurito psicológico predomina, y vuelve á imperar la observación de ese incesante y maravilloso trajín, semejante á un hervor, que llamamos conciencia, y el lector asiste nuevamente al amanecer de los sentimientos, á su desarrollo sigiloso, á las penumbras y mudanzas de las ideas, á la formación de aquellos avendavalados vientos interiores denominados pasiones; amasijo estupendo, plateresco, lleno de emboscadas y de sorpresas, como las fórmulas de un libro cabalístico. Diríase que la pupila del autor se contrae y recoge para sólo percibir lo pequeño, y que, á imitación de los maestros pintores de la antigua escuela veneciana, únicamente otorga importancia á las figuras. Esta nueva tendencia imprime á la obra total de Blasco Ibáñez un carácter nuevo, científico, de investigación y cosmopolitismo muy agradable.
La maja desnuda es un libro desesperado, un libro trágico, donde triunfa la muerte. Así, la huella que su lectura graba en el espíritu es profunda: dura mucho tiempo: más que un rastro es una cicatriz.
El pintor Mariano Renovales, apenas gusta las primeras caricias de fortuna y de gloria con que algunas veces—muy pocas—el dios Azar suele favorecer á los artistas jóvenes, se casa con Josefina Torrealta, hija de un diplomático; un pobre hombre insignificante, pero grave, tieso, con toda la tiesura escénica inherente á su profesión. Josefina heredó de su padre la vulgaridad: es la burguesita modesta, católica, sin arrebatos personales, esclava constante de la opinión ajena. Renovales, por el contrario, es un espíritu independiente, valeroso, enamorado frenético de su arte. ¡Ay! Sus dos almas, aunque prendadas fervorosamente la una de la otra, no coincidirán nunca, no se fundirán jamás en el beso de fuego del mismo ideal. Para Renovales «el arte es la vida»; para Josefina «un medio de vivir»; por lo mismo, los más egregios ensueños de su compañero no la conmueven. Luego de recorrer las principales ciudades italianas, se establecen en Roma: él acaricia la visión de lienzos difíciles, inmortales; ella se opone, suavemente al principio, con lágrimas y asperezas después. Menos esfuerzo cuestan esos cuadritos «de costumbres», hechos rápidamente y de memoria, y que los yanquis suelen pagar muy bien. Acerca de esto disputaron varias veces: los celos de la joven iban despertando; odiaba á las modelos; en su vulgaridad no comprendía que su marido pudiera dejarse dominar por su amor al arte hasta el extremo de no sentir ante la belleza de aquellas mujeres que se desnudaban en su estudio ninguna emoción lasciva. «Le aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la gaita, rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba...»
Renovales cedió; adoraba en Josefina y quería complacerla; pero esta claudicación fué pasajera. Su vocación, momentáneamente represada, renacía avasalladora; y esta vez su asalto fué más fiero y seguro, porque le ayudaba el amor. La cara de Josefina no era muy bonita, pero el cuerpo sí; el cuerpo era precioso: menudo, cimbreante, de una tonalidad mate y nerviosa: los senos pequeños y erectos, el vientre recogido y duro, las piernas delgadas y elásticas... Era «la maja desnuda», la mujercita inmortal de Goya... ¡Ah! ¡Si él pudiera retratarla así!... Mariano Renovales discurseó, suplicó, derrochó sus recursos de artista y de amante, y al cabo consiguió su objeto. Josefina, por vana curiosidad, sin comprender la misión sagrada—misión de Belleza—que iba á representar, se prestó á servir de modelo. ¡Pobre Renovales! «Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina aquellas formas armoniosas...» El cuadro quedó terminado; era un lienzo prodigioso, definitivo; la espuma de su alma; el Ideal hecho línea y color, apresado allí, acariciándole con una sonrisa de Inmortalidad...
Luego, desvanecido el primer instante de estupor y vanidoso contentamiento, la joven quiso romper el lienzo. Aquello estaba muy bien, pero era una porquería... ¡Una porquería! El artista sintió que el suelo del estudio trepidaba bajo sus pies: tuvo deseos de llorar, de morir... «Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja de colores y raaás... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el espeluznamiento de la cólera.»
El artista no se movió; ¿para qué? Se sentía anonadado, deshecho; su porvenir, roto por la vulgaridad triunfante de su compañera, acababa de saltar en pedazos como un cristal. Odió á Josefina: era un odio pasivo, indiferente, que helaba su carne y fue invadiendo su alma poco á poco. ¿Cómo pudo él casarse con aquella mujer? No lo comprendía. Se aburría en su casa y empezó á frecuentar los salones. Experimentaba un deseo calenturiento de divertirse, de gozar, de componerse una segunda juventud. Pero Josefina le estorbaba. ¡Ah, si se muriese!...
Así termina la primera parte.
Al fin, ya en los umbrales mismos de la vejez, Mariano Renovales se enamora locamente, con vehemencias de muchacho, de la condesa de Alberca. Ella, al principio, coquetea y le burla; al cabo se rinde: es una caprichosa, una hambrienta insaciable de emociones nuevas.
Una casualidad descubre á Josefina la existencia de estos amores, y el mal que la roe se agrava; los celos exacerban su neurastenia; el dolor realiza estragos en aquel organismo débil: de día en día se la ve palidecer, consumirse, acercarse á la muerte; por las tardes, en las horas de fiebre, sus cabellos se adhieren sobre las sienes lívidas, cubiertas de sudor; su rostro va adquiriendo el perfil fino, aguileño, de los cadáveres...
Muere Josefina y Mariano Renovales, que ya se asoma á la vejez y aun ha dado algunos pasos dentro de ella, se siente, de pronto, solo... ¡horriblemente solo!... Su hija Milita, su única hija, se ha casado y sólo va á verle para pedirle dinero. Sin razón alguna, como por ensalmo, experimenta una repugnancia invencible hacia su coima, la condesa de Alberca. En su casa, en el hotel donde Josefina falleció, todo le habla de la muerta: los muebles, los cortinajes suntuosos que exornan las puertas, los mismos muros... parecen guardar el perfume y el frufruteo que levantaron sus faldas la última vez que pasó por allí.