Esta epifanía, al parecer ilógica, de los viejos recuerdos, esa brusca regresión al pasado, esa contradicción en virtud de la cual Mariano Renovales adora muerta á la mujer que preterió y aun odió cuando viva, constituye un precioso fenómeno de psicología amorosa, y uno de los aciertos más terminantes del novelista.
Desesperado, el infeliz trata de pintarla de memoria, y sólo consigue trazar una figura extravagante, de una extravagancia malsana, que vagamente reproduce los rasgos de la muerta.
«Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.»
Pero, aunque satisfecho de su obra, Renovales no está tranquilo: quiere más, quiere recobrar á Josefina, oirla, estrecharla entre sus brazos, poseerla otra vez... Y para conseguir su propósito se dedica á buscar por las calles y de teatro en teatro, una mujer que se la parezca... Al fin cree hallarla: es la «Bella Fregolina», una divette... La muchacha no es inaccesible ni mucho menos, y va al estudio del pintor. Renovales la obliga á vestirse una falda y unas medias que pertenecieron «á la otra»... Unicamente vestida de aquel modo podrá retratarla. Ella accede... Al verla, el artista cree, por un momento, que Josefina, efectivamente, ha resucitado: aquél es su cuerpo, aquéllos son sus ojos, velados y tristes. Pero, de pronto, su entusiasmo se apaga, el vigor le abandona: ¡no es la misma! ¡No es ella!... Y mientras la «Bella Fregolina», asustada y creyendo habérselas con un loco, se viste á toda prisa, Renovales llora inconsolable sobre las ruinas de su última ilusión. ¡Juventud, juventud! ¿Por qué te fuiste?...
Al año siguiente, de regreso de un viaje de siete meses por la Europa central, Turquía y Asia Menor, Vicente Blasco Ibáñez publicó su libro Oriente. Es una obra amenísima, una visión de novelista, palpitante de interés y de emoción. Contiene varios capítulos meritísimos, tales como aquel donde describe á Ginebra, «la ciudad del refugio», como el autor la llama inspiradamente; los que dedica á «Viena la elegante» y al «¡Hermoso Danubio azul!...»; y el titulado «La noche de la Fuerza»; páginas inolvidables, donde hay como un latido formidable de vida: diríase que las generaciones futuras van acercándose y que en el silencio de la noche sagrada se las siente llegar...
Sangre y arena, que apareció poco después, obtuvo éxito extraordinario. Su asunto es sencillo: tiene la simplicidad de los caracteres francos y rudos que intervienen en ella.
El torero Juan Gallardo es, á su modo, un «hombre de presa», un arriviste, que á fuerza de arrogancia, destreza y valor, consigue ocupar un puesto entre los matadores «de más cartel». Es joven, guapo, rico; todo le sonríe: las empresas se le disputan, los periódicos publican su retrato, en las calles la multitud se detiene á mirarle, las heteras más elegantes y codiciosas, aquellas por las que los hombres de mundo se arruinan, le escriben brindándole graciosamente el dulzor de sus labios... En Sevilla, Juan Gallardo tiene amores con la viuda de un diplomático, una tal doña Sol, sobrina del marqués de Moraima. La llaman la Embajadora, y aunque nacida en Andalucía, es un tipo exótico, una flor de cosmópolis, interesante y rara, que recuerda á Leonora, la walkyria bella y sádica de Entre naranjos. Su alma ofrece una complejidad y al mismo tiempo una frivolidad encantadoras: todo la entusiasma y de todo se aburre; apenas tiene hambre, cuando ya está ahita; es una caballista que sabe derribar toros, una enamorada de la bizarría y de la fuerza, y también una sentimental que prende, románticamente, una rosa de otoño en la solapa de un bandolero. Las relaciones de doña Sol con Juan Gallardo duran poco, y esta vez es ella quien olvida.
El medio donde la acción se desarrolla permite al novelista presentar varios tipos limpiamente retratados y describir muchas escenas y cuadros andaluces, entre los que sobresale, por la exactitud y munífica riqueza del colorido, el de la Semana Santa sevillana, de renombre mundial.
La fortuna de los grandes toreros es esplendorosa y fascinante como la de los conquistadores, pero suele ser breve; unas veces porque los músculos se aflojan, otras porque el corazón declina y el ardimiento de la sangre se apaga y con él flaquea también el valor. Hay muchos toreros que son bravos y excelentes lidiadores hasta la tarde en que reciben la primera cornada. Esto le sucedió á Gallardo. Al recobrarse de una grave cogida se halló débil de cuerpo, y lo que era mucho peor, flaco también de espíritu. Había perdido la confianza en sí mismo; el recuerdo de los dolores sufridos empavorecieron su voluntad; no podía acercarse á los toros; sus pies, automáticamente, le separaban de ellos; les tenía miedo. El público lo notó, los periódicos propalaron la noticia, y la estrella del famoso matador empezó á declinar; ¡y con qué ocaso tan rápido, tan humillante y tan triste!... En vano trataba de recobrarse, de imponerse á su propia flaqueza para reconquistar lo perdido; había muerto su antiguo valor; era otro hombre.
En Madrid, doña Sol y Juan Gallardo vuelven á encontrarse; el torero la recuerda su amor, aquel viejo amor que todavía quema su alma; mas ella se encoge de hombros. ¡Bah! ¿Quién se acuerda del pasado?... Sí, es cierto; ella le quiso... un poco... pero fué un capricho rápido, á flor de piel, del que no había para qué hablar. Esta conversación entre la aventurera elegante y aristócrata y el lidiador ignorantón y zafio, es breve, pero intensa y amarga, de una amargura desgarradora: él no sabe qué decir; ella, viéndole aturrullado, le mira con curiosidad, con desdén. Creía soñar...