Se acordó de un rajáh, á quien había conocido en Londres, y trató de explicar al torero la impresión que aquel personaje indostánico, bello y triste, con su tez cobreña, sus actitudes perezosas y su bigote lacio, la había producido:
«—Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal de la selva, y yo, sin embargo, le encontraba ridículo, y me burlaba de él cada vez que balbuceaba en inglés uno de sus cumplimientos orientales. Temblaba de frío, le hacían toser las brumas, movíase como un pájaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirándome con sus ojos húmedos de gacela, me daban ganas de comprarle un gabán y una gorra, para que no temblase más. Y, sin embargo, reconozco que era hermoso y que podía haber hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de algo extraordinario. Era cuestión de ambiente, de escena... Usted, Gallardo, no sabe lo que es eso.»
Tenía razón. El torero miraba á su interlocutora boquiabierto, cual si todas aquellas palabras perteneciesen á un idioma desconocido para él. La joven, cada vez más sorprendida de ser como era, pensaba:
«¡Y ella había podido sentir un amor de unos cuantos meses por aquel mozo rudo y grosero, y había celebrado como rasgos ingeniosos las torpezas de su ignorancia, y hasta le exigía que no abandonase sus costumbres, que oliera á toro y á caballo, que no borrase con perfumes la atmósfera de animalidad que envolvía á su persona!...»
Y doña Sol, indulgente consigo misma, sonreía:
«¡Ay, el ambiente! ¡A qué locuras impulsa!...»
El desenlace de la obra es magnífico; una de las páginas más entonadas y brillantes de su autor. Juan Gallardo cae en la plaza, al dar una estocada, una estocada incomparable, suicida, ¡la mejor de su historia!... No muere desesperado por la ingratitud de doña Sol; final hubiera sido éste harto mezquino para los alientos de su recia alma de lidiador; muere por amor propio, por vanidad de artista, por quedar bien ante el público, el gran veleidoso que tan pronto encumbra y diviniza á sus ídolos, como les pisotea. Su desgracia no interrumpe la fiesta; el espectáculo continúa; en los tendidos bañados en sol «rugía la fiera: la verdadera, la única».
Los muertos mandan, juntamente con Cañas y barro, Entre naranjos y La barraca, es, á mi juicio, una de las cuatro novelas maestras sobre que descansa el alto prestigio de Vicente Blasco Ibáñez. Libro excepcional y meritísimo que une á la amenidad de los paisajes en él evocados, la intensa rebusca y minuciosa penetración de los caracteres y la expresión poética, admirablemente sintética, de una honda y trascendental visión filosófica.
Jaime Febrer, último vástago de una antigua y muy noble familia arruinada, tras una primera juventud alegre y fastuosa, vuelve á Mallorca, su país natal, y para recomponer su casi deshecha fortuna trata de casarse con Catalina Valls, hija única de cierto judío riquísimo. Jaime es un hombre independiente, que ha recorrido toda Europa, y, por lo mismo, se cree ajeno á todos esos ridículos escrúpulos de campanario que infiernan la vida de las ciudades pequeñas. Mas apenas descubre su designio, cuando todos los que le conocen, y aun los que jamás le saludaron, le miran con asombro y enojo. El mismo Pablo Valls, tío de Catalina, á pesar de comprender los beneficios que este enlace reportaría á los suyos, aconseja noblemente á Jaime que renuncie á tal proyecto: él le conoció niño, le quiere bien y no permitirá que sea desgraciado. ¡Un Febrer! ¡Un descendiente de la familia más católica de Mallorca, de una familia que había dado al mundo cardenales, inquisidores y caballeros de Malta, casarse con una chueta! ¡Imposible!... ¿Qué diría la isla? Y, aunque renunciase á vivir allí, ¿en qué rincón del planeta iría á refugiarse que no le alcanzase la execración y el desprecio de todos?... Además, por mucho que amase á Catalina, no podría ser feliz con ella; tarde ó temprano la odiaría. ¿Acaso una mujer y un hombre pueden, por sí solos, destruir la herencia de rencores acumulada durante muchos siglos entre dos razas?...
Jaime Febrer, que no quiere á Catalina, se deja convencer, y para destruir de cuajo y más pronto su naciente noviazgo, se traslada á Ibiza. ¿Qué remedio? Es algo fatal; los muertos lo disponen así.