En Ibiza Jaime Febrer se instala en una vieja torre, propiedad suya, que llaman «del Pirata», y en aquella soledad agreste se enamora de Margalida, hija de Pép, propietario de Can Mallorquí y descendiente de labriegos modestos, feudatarios de los muy ilustres progenitores de Jaime. Por lo mismo, éste, aunque totalmente arruinado, continúa siendo «el amo», una especie de hombre superior aislado de los demás por los dones preexcelsos de su inteligencia y de su raza. Así, la pasión que siente Febrer hacia Margalida escandaliza á todos, incluso á sus padres: aquello es imposible, es absurdo; «el señor» está loco. En Ibiza, como en Mallorca, el pasado se oponía al porvenir y dificultaba su marcha. En todas partes, la historia, la raza, la autoridad inapelable de lo que ha sido...
«Reía amargamente de su optimismo en aquella ocasión, de la confianza que le había hecho despreciar todas sus ideas sobre el pasado. Los muertos mandan: su autoridad y su poder eran indiscutibles. ¿Cómo había podido él, á impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y desconsoladora verdad?... Bien le hacían sentir los lóbregos tiranos de nuestra vida todo el peso abrumador de su poder. ¿Qué había hecho él para que en este rincón de la tierra, su último refugio, le mirasen como un extraño?... Las innumerables generaciones de hombres, cuyo polvo y cuya alma estaban confundidos con la tierra de la isla natal, habían dejado como herencia á los presentes el odio al extranjero, el miedo y la repulsión al extraño, con el que vivieron en guerra. El que llegaba de otros países era recibido con un aislamiento repelente, ordenado por los que ya no existían.
»Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios, intentaba aproximarse á una mujer, la mujer replegábase misteriosa y asustada de tal aproximación, y el padre, en nombre de su respeto servil, se oponía á este hecho inaudito. Era una obra de loco la suya: la conjunción del gallo y la gaviota soñada por un fraile extravagante que tanto hacía reir á los payeses. Así lo habían querido los hombres en otros tiempos al fundar la sociedad y dividirla en clases, y así debía ser. Inútil rebelarse contra las cosas establecidas. La vida de un hombre era corta, y no bastaba para batirse con centenares de miles de vidas que habían existido antes de ella y parecían espiarla invisibles, oprimiéndola entre creaciones materiales que eran recuerdo de su paso por la tierra, abrumándola con sus pensamientos, que llenaban el ambiente y eran aprovechados por todos los que nacían sin fuerza para discurrir algo nuevo.
»Los muertos mandan, y es inútil que los vivos se resistan á obedecer. Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por romper la cadena de los siglos, todo mentira. Febrer recordaba la rueda sagrada de los indios, símbolo budhista que había visto en París al presenciar una ceremonia religiosa oriental en un museo. La rueda era el símbolo de nuestra vida. Creemos avanzar porque nos movemos; creemos progresar porque vamos hacia adelante, y cuando la rueda da la vuelta completa, nos encontramos en el mismo sitio. La vida de la humanidad, la historia, todo era un interminable «recomenzamiento de las cosas». Nacen los pueblos, crecen, progresan; la cabaña se convierte en castillo y después en fábrica; se forman las enormes ciudades de millones de hombres, sobrevienen después las catástrofes, las guerras por el pan que escasea para tantas gentes, las protestas de los desposeídos, las grandes matanzas, y las ciudades se despueblan y caen en ruinas. La hierba invade los orgullosos monumentos: las metrópolis se hunden poco á poco en la tierra y duermen siglos y siglos bajo colinas. El bosque bravío cubre la capital de remotas épocas; pasa el cazador salvaje por donde en otro tiempo eran recibidos los caudillos vencedores con aparato de semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor en su caramillo sobre las ruinas que fueron tribuna de leyes muertas; vuelven á agruparse los hombres y surge la cabaña, la aldea, el castillo, la fábrica, la ciudad enorme, y se repite lo mismo, siempre lo mismo, con una diferencia de centenares de siglos, como se repiten de unos hombres en otros iguales gestos, ideas y preocupaciones en el transcurso de unos años. ¡La rueda! ¡El eterno recomenzar de las cosas! ¡Y todas las criaturas del rebaño humano cambiando de aprisco, pero jamás de pastores: y los pastores siempre los mismos, los muertos, los primeros que pensaron, y cuyo pensamiento primordial fué como el puñado de nieve que rueda y rueda por las pendientes, agrandándose, llevando adherido en su pegajosidad todo cuanto encuentra al paso!...
»Los hombres, orgullosos de su progreso material, de los juguetes mecánicos inventados para su bienestar, creíanse libres, superiores al pasado, emancipados de la original servidumbre, ¡y todo cuanto decían se había dicho centenares de siglos antes con diversas palabras; sus pasiones eran las mismas; sus pensamientos, que consideraban originales, eran destellos y reflejos de otros pensamientos remotos; y todos los actos que tenían por buenos ó malos eran respetados como tales porque así los habían clasificado los muertos, los tiránicos muertos, á los que el hombre tendría que matar de nuevo si deseaba ser libre realmente!... ¿Quién llegaría á realizar esta gran hazaña libertadora? ¿Qué paladín con fuerzas suficientes para matar al monstruo que pesaba sobre la humanidad, enorme y abrumador, como los dragones de las leyendas guardaban bajo su corpachón inútiles tesoros?...»
Este pensamiento embebe el ánimo del autor y reaparece á cada momento bajo su pluma, siendo el verdadero protagonista del libro; un protagonista invisible, pero tremendo, extendido, como el cielo, de un horizonte á otro.
«Los vivos—añade Blasco Ibáñez—no estaban solos en ninguna parte: rodeábanles los muertos en todos los sitios, y como eran más, infinitamente más, gravitaban sobre su existencia con la pesadez del tiempo y del número. No; los muertos no se iban, como creía el refrán popular. Los muertos se quedaban inmóviles al borde de la vida, espiando á las nuevas generaciones, haciéndolas sentir la autoridad del pasado con rudo tirón en el alma cada vez que intentaban apartarse de la ruta...»
No he podido arrancarme á la tentación de transcribir los anteriores párrafos, porque, amén de expresar limpiamente el espíritu del libro á que me refiero, son por su especial contextura, colorista y sonante, una de las muestras más cabales del estilo de Blasco Ibáñez; estilo frecuentemente desaliñado, con el desaliño cálido de la impaciencia que lo inspiró, pero siempre gráfico, viril y jugoso.
Como antes en Mallorca, ahora en Ibiza todo se confabula para que Jaime y Margalida no se amen. Pero esta vez Jaime Febrer no transige, la pasión que le anima es sincera y robusta, y los obstáculos que se oponen á la realización de su deseo le enardecen, lejos de abatirle. Al fin se casa. Convaleciente aún de la grave herida que le infirió uno de los mozos que cortejaban á Margalida, Febrer, dirigiéndose á un amigo suyo, repite esta sabia frase: «Pablo, ¡matemos á los muertos!...» Es decir: destruyamos lo pretérito, vivamos horros de preocupaciones imbéciles, afirmemos nuestra personalidad labrando independientemente ese porvenir donde puede aguardarnos la dicha.
Declaro que, según avanzaba en la lectura de esta obra, iba apoderándose de mí un malestar creciente; imponiéndose á la magnificencia mediterránea de los paisajes, á la hermosura del cielo radiante y azul y á la fertilidad de los campos verdes, con el bruñido verdor de las esmeraldas mojadas, una melancolía invencible, semejante á una evaporación de dolor, amortiguaba el regocijo de la Naturaleza. Eran los muertos... Así, cuando de pronto, avasallando todo el fatal prestigio de lo que ha sido, la vida se impone, experimenta el lector ese alivio inefable que, en medio de los terrores de una pesadilla, produce la luz.