Y añade:
—Ha habido ocasiones en que he realizado viajes de cinco y seis días á caballo por ver un salto de agua.
Hablando de aquellos hermosos países, entusiastas y prósperos, regados por las savias hidalgas del viejo y noble solar castellano, la inspiración meridional del maestro se exalta. Sus ojos relucen. La Argentina, con sus llanuras feraces donde pastan rebaños que forman horizonte, sus montañas y sus ríos inmensos, poderosos como mares, le ha producido una especie de deslumbramiento: todo allí es joven, grande, magnífico, con magnificencia epopéyica, superior á toda hipérbole.
La actividad infatigable del novelista se aplica ahora á estudiar cuestiones de electricidad y de agricultura; le preocupan las bombas elevadoras, los saltos de agua, los nuevos aparatos de riego... Su imaginación ardorosa acaricia la visión de algo titánico, muy bello y muy útil.
—Allá en Patagonia—prosigue—, en la confluencia de los ríos Neuquem y Limay, espero adquirir pronto unas leguas de tierra. El clima es inmejorable, la vegetación ubérrima, desbordante... Allí fundaré una colonia española que se llamará «Cervantes». Será una villa interesante: ¡oh, tengo vastos proyectos!... Antes de levantar ninguna casa, el primer monumento que pienso erigir en medio de aquella naturaleza virgen, donde todavía, hace treinta años, había indios salvajes, es una estatua del autor del Quijote, hecha por Benlliure...
Blasco Ibáñez, como Alonso de Ercilla, es un conquistador poeta. Sus designios entusiasman; es un hombre que sabe infundir á la vida la intensidad imaginativa de las novelas.
Como si todo esto fuese poco, también me habla de los libros que tiene en preparación, de un «ciclo» en cinco volúmenes dedicados á la conquista de América, la más egregia de cuantas empresas realizó la raza hispana, y que piensa escribir allá, en «su villa de Cervantes», mientras á su alrededor zumbe la agitación calenturienta y alegre de la flamante colonia. El tomo primero se titulará El tesoro del Gran Kan, ó tal vez La cuna, y será un á guisa de «prólogo» en donde aparece Cristóbal Colón, tipo complejo, verdaderamente novelesco, de sordidez, grandiosidad y misticismo. En el segundo volumen, sin título aún, hablará de los hazañosos Alonso de Ojeda y Vasco Núñez de Balboa. En el tercero, de la conquista de Méjico por Hernán Cortés. El cuarto lo dedicará al vencedor del Perú, Francisco Pizarro, y llevará por título El oro y la muerte. Y en el quinto, en fin, cantará las altas empresas del fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay...
Mientras Blasco Ibáñez habla con el calor habitual en él, yo le miro atento, sinceramente maravillado de que en la breve vida de un hombre quepan tantas ambiciones, tantos proyectos y tantas victorias. Es tarde y me levanto. El maestro me acompaña hasta el jardín y, ufanamente, mira á su alrededor. Sus ojos se impacientan y por su rostro, que colorea el furor de vivir, pasa un gesto de contrariedad.
—Me aburre esta casa—exclama de pronto, como hablando consigo mismo—; es incómoda, triste... La compré porque no hallé entonces nada mejor. Pero el año próximo mandaré derribarla, y en este mismo solar levantaré otra á mi gusto.
Esta afirmación le retrata; es «el padre» de Toni y de Batiste, quien habla así.