—¿Cuándo?...

—¡Oh, no sé!... Me falta tiempo.

Adivino que su pensamiento anda muy lejos de lo que hablamos, y no me equivoco. Son otros los planes que en aquellos momentos embeben el ambicioso espíritu del novelista.

Vicente Blasco Ibáñez me enseña los últimos pliegos de su obra Argentina y sus grandezas, que publicará en breve; obra interesantísima, monumental, de historiador y de poeta. Formará un volumen magnífico, digno ciertamente de la gloriosa República á quien va dedicado, con más de mil páginas y más de tres mil grabados, láminas en color, planos, etc., y cuya edición no costará menos de treinta mil duros.

Es imposible reproducir aquí las impresiones tan hondas, tan complejas, tan refinadamente poéticas, que produce la reposada lectura de este libro amenísimo, delicioso, imponente como una selva americana. Su autor lo compuso trabajando en él doce y catorce horas diarias, durante cinco meses: fué un esfuerzo inverosímil que, sólo una complexión privilegiada como la suya, hubiese resistido.

Ningún artista mejor dispuesto, por razones de temperamento, que Vicente Blasco Ibáñez para sentir y fijar en páginas de prosa fuerte y matizada los esplendores polícromos de la tierra argentina. Hay en este libro sonoridades wagnerianas, lontananzas enormes sintetizadas en una frase de afortunada exactitud y pujante relieve, visiones proféticas de caudalosa ilusión, como ventanales magníficos abiertos sobre el porvenir; y, al mismo tiempo, una emoción de historia, de humanidad, que, á través de los siglos, se renueva y camina.

La figura de los primeros conquistadores, tipos legendarios, superhombres más excelsos que los cantados por Homero y Tirteo, arrebatan la imaginación volcánica del novelista; sus extraordinarias facultades de pintor tocan á rebato, y las maravillas de la epopeya inmortal relucen bajo su pluma como lingotes de oro heridos por el sol. Aquellos guerreros, con sus rostros cobrizos, sus barbazas intonsas y sus ojos duros acostumbrados á mirar á la muerte, recorren las pampas americanas como una legión de ensueño; hostilizados por los indígenas, acosados por el hambre, tostados por la sed, combatidos por las fieras, é infatigables, sin embargo, bajo la grave pesadumbre de sus armaduras de hierro. Nada atajaba su avanzar temerario: ni el cansancio de las largas jornadas, ni las asechanzas constantes del enemigo, ni el calor, el horrible calor de las planicies yermas, compactas, como de bronce. Diríase que su marcha era algo fatal, preestablecido, irrevocable, que había de cumplirse.

El autor, entretanto, haciendo, más que uso, pródigo alarde y derroche de su asombrosa capacidad de restaurador de paisajes, evoca los grandiosos horizontes argentinos, su vegetación ubérrima que produce árboles cuyos troncos cuatro hombres, cogidos de las manos, no podrían abarcar; su fauna multicolor y extraña, sus boas enroscadas, dormidas al sol, semejantes á peñascos enormes caídos en la uniformidad de la llanura; sus legiones de caimanes amodorrados en las orillas cenagosas de los lagos; sus cordilleras altísimas, sobre cuya crestería, cubierta de nieves perpetuas, las alas del condor solitario pintan una sombra errante; sus noches mágicas, embellecidas por la canción de las cataratas argentinas, las más caudalosas del mundo...

Habla luego de Buenos Aires; describe las grandezas industriales y mercantiles de la Argentina actual, las excelencias de sus puertos, sus vías férreas, de año en año más numerosas; su inagotable riqueza agrícola... y su facundia descriptiva relampaguea hasta conseguir darnos una visión neta, terminante, de tan vasto escenario. En los meses que ha permanecido allí, el novelista, enardecido por una curiosidad insaciable, lo ha preguntado todo, lo ha recorrido todo, sin omitir gasto ni ahorrarse fatiga.

—Dificulto—me dice—que haya muchos argentinos que conozcan su país mejor que yo...