«—¡Muy bien, muy bien!...—exclamó estrechándole la mano—; celebro que esto haya terminado así, pues le advierto que soy un admirador de usted y que he leído todas sus novelas. Me gustan mucho, ¡mucho!...»
A lo que Blasco Ibáñez repuso sencillamente:
«—Pues ha estado usted á punto de acabar con la fábrica.»
La contestación tiene verdadero «humor». El maestro concluye su anécdota con esta paradoja:
—Y vea usted cómo es posible que un hombre ande á tiros con otro por no perjudicarle...
La conversación cambia de rumbo. Pregunto:
—Me han dicho que es usted abogado...
—Es cierto.
—¿No ha ejercido usted nunca su carrera?...
—Sí, cuando muchacho... recién salido de la Universidad. Pero es una profesión que no me gusta: es árida, detallista... Tengo ganas de escribir una novela con tipos y escenas de esa vida de los tribunales de justicia que, por fortuna ó desgracia, conozco muy bien.