Hay una pausa; el maestro sonríe.

—¡Si yo le dijese á usted—exclama—que el más grave de los desafíos que he tenido lo afronté por bondad!

—¿Por bondad?...—repito.

—Sí; por bondad de carácter... ¡no acierto á explicarme!... Pero es eso; por bondad; porque no batiéndome, mi rival iba á quedar en una situación difícil...

El lance me interesa; es de una originalidad extraordinaria.

Hace ocho ó nueve años, á la salida del Congreso y con motivo de una manifestación republicana que acababa de celebrarse, tuvo Blasco Ibáñez un serio altercado con un oficial de policía. Por ser militar su enemigo y considerarse ofendidos en su persona todos los oficiales del cuerpo, sus padrinos dispusieron el desafío en condiciones de gravedad nunca vistas; á saber: colocando á los combatientes á veinte pasos uno de otro, y dándoles para apuntar y hacer fuego un espacio de treinta segundos. El lance, preparado así, equivalía á un suicidio. El presidente del Congreso se opuso tenazmente á que un diputado se batiese por palabras pronunciadas en el Parlamento, y hasta llegó á amenazarle con expulsarle de la Cámara... Fundándose en lo extraordinario y terrible del lance, sus padrinos se negaron á representarle.

«Eso es un disparate—decían—; no debe usted batirse...»

Realmente, tenían razón...

—Pero—me dice Blasco explicándome su actitud de espíritu en aquella ocasión novelesca—si yo rehusaba el lance, mi rival quedaba en una situación difícil ante sus compañeros y acaso perdiese su carrera; y yo no quería perjudicarle, no sentía hacia él la más leve animadversión...

Meditando en esto el novelista llegó á convencerse de que lo mejor era dejar las cosas según estaban, y sin más vacilaciones fué al terreno, llevando, á falta de padrinos, dos testigos. Una vez allí, esperó á que el oficial disparase, y recibió un balazo en el mismo sitio del hígado; golpe que hubiese sido mortal á no haberse aplastado milagrosamente la bala sobre una hebilla de un pequeño cinturón. El choque fué tan rudo que le quitó el aliento y le hizo vacilar; afortunadamente la bala rebotó y la herida convirtióse en contusión. Con esto se dió por terminado el desafío, y mientras el ilustre doctor San Martín curaba al novelista, asegurándole que, en aquel momento, acababa de nacer, uno de los padrinos del oficial, precisamente el que había exigido todas las bárbaras condiciones de aquel lance, y que, por cierto, un año después murió en un manicomio, acudió á felicitarle: