Y «ha llegado», en efecto, al prestigio artístico y á una comodidad material muy vecina de la riqueza, como debe llegarse, en la plenitud de la edad viril, cuando el pecho es aún hoguera de entusiasmos y el mundo nos parece todavía un hadado jardín; cuando en cada camino hay un misterio y una gota de dulce locura en cada boca de mujer.
El dinero, los amoríos, las satisfacciones de la ambición triunfadora, regalos y paramentos deben ser de la juventud, como los fueron de la niñez los juguetes y los teatritos de fantoches. Darle á un viejo la gloria—uno de los adornos más bellos de la vida, el más bello quizá—es como ofrecerle á un mozo de treinta años una muñeca que cierre los ojos... Lo que haga éste con su regalo, hará aquél con el suyo: mirarlo tristemente y pensar:
«¿Por qué tardaste tanto en llegar á mí?...»
Pero Blasco Ibáñez logró el triunfo mucho antes de asomarse á la vejez, cuando podía disfrutar de él largamente, merced excelentísima reservada, en verdad, á muy pocos; pues de tal modo la lucha por la vida quebranta y entristece á los hombres, que unos quedan derrotados, y los que se coronan triunfadores, salen tan molidos y extenuados del encuentro, que ni alientos les quedan para gozar de su victoria.
Le hablo á Blasco Ibáñez de sus libros y me sorprende hallarle menos enterado de ellos que yo. Le cito nombres, tipos, recompongo escenas, y el novelista se encoge de hombros...
—No me acuerdo—dice.
Su memoria conserva, sí, las grandes líneas generales de sus obras, pero ha olvidado los detalles.
—Yo—añade—soy un hombre á quien sólo le interesa el presente, y acaso más que el presente el porvenir; el pasado no me importa; lo desdeño, lo olvido. Esto, evidentemente, me ayuda á vivir, á defender mi buen humor... Muchos dicen que soy bueno. No lo crea usted; yo no soy bueno... ni malo... soy un impulsivo terrible que, al pronto, bajo el primer latigazo de la impresión, me ciego y voy por donde el huracán de mis nervios quiere llevarme: pero luego, nada; ni odio, ni rencor; nada... Basta que por mi alma pase un sueño para que todo cuanto hay en ella se borre.
Prosigue hablando llanamente, con un desaliño familiar y afectuoso que, por contraste, me recuerda á los muchos escritores franceses que he conocido: tan preocupados de todo lo formal, tan esclavos de los detalles, tan escénicos... Blasco Ibáñez atribuye su inclinación á olvidar, no á la generosidad de su carácter, sino á su fortaleza.
—Unicamente los débiles—añade—se acuerdan, á través de los años, del daño que recibieron, porque ese recuerdo que conservan de lo que han sufrido, disimula siempre un poco de temor.