VI
Una anécdota curiosa.—El libro “Argentina y sus grandezas”.—Proyectos.
He vuelto á ver á Vicente Blasco Ibáñez en su hotelito de la calle de Salas: deseaba ratificar mis impresiones, recoger algunos datos relativos á su vida y á su obra...
El despacho del maestro es grande y de forma irregular, con dos ventanas abiertas sobre el jardín, ante un grupo de árboles. Al fondo hay varios estantes cargados de libros; unos retratos de Maupassant, de Zola, de Balzac y de Tolstoy, parecen presidir la estancia; los cuatro están juntos, y existe entre sus frentes pensativas, atormentadas por el esfuerzo mental, una rara y dolorosa armonía. Adornan las paredes muchos objetos antiguos y varios apuntes primorosos de Joaquín Sorolla. Todo ocupa su sitio; las figulinas, los tapices y los muebles aparecen colocados, sin duda, donde deben estar, y, sin embargo, yo siento á mi alrededor algo extraño, un latido caliente y febril de impaciencia, como si la alfombra y los cuadros y los sillones y los viejos bargueños que decoran la habitación, participasen, en virtud de inexplicables magnetismos, del recio y prolongado alboroto espiritual del escritor.
Sentado enfrente de mí, una pierna sobre otra, la cabeza apoyada cómodamente contra el respaldo del sillón. Vicente Blasco Ibáñez fuma y mira al espacio. A intervalos entorna los párpados, y tienen sus actitudes y el descuido afectuoso de su conversación, el dulce cansancio, el bienestar depurado y recóndito, del hombre que acaba de realizar un grave esfuerzo y está satisfecho de su obra. Al porvenir, cuando es risueño, lo miramos mejor así, con los ojos cerrados.
Todo calla á nuestro alrededor; la brisa cuchichea festiva en la alegría verde y fresca del jardín arbolado; un hilo de sol pinta en la penumbra del despacho una línea recta, vibrante y ardorosa como un florete de oro.
Vuelvo á sentir aquella vaga emoción de bienestar de que hablé al principio: los que peleamos mucho con la vida y conocemos por experiencia las virtudes higiénicas de la lucha y del esfuerzo, amamos la sociedad de estos hombres que Mauricio Barrés llamó «profesores de energía», y lo son realmente; no ya porque saben aplicar á sus empresas arranques maravillosos de vigor, sino porque de ellos parece desprenderse algo físico, una especie de efluvio magnético, que sugestiona á los caídos y les alegra, mejora y enardece.
Yo pienso:
«Este hombre ha llegado...»