Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del novelista, y también el gran gesto vertical y triunfante que uno tras otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen, sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, según la frase profunda de Nietzsche, «no es más que un medio para hacer triunfar una voluntad».

El combate epopéyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibáñez se ven obligados á sostener con la tierra y con los hombres, forma una especie de «fondo» negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la vida es lucha, es dolor; los días se suceden y los años pasan y los hombros más robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espíritus y el trabajo blandea sus músculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes recibe; de noche, de día, siempre se halla propicia á combatir; no se cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni enarbola jamás la bandera blanca.

Blasco Ibáñez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha lanzada á la conquista del amor, del dinero y de la justicia.

A ratos y como para descanso y solaz de su propio espíritu, el autor interpola algunas páginas ligeras, aderezadas por un discreto buen humor. Tales, el tipo del Sangonera, muriendo de un hartazgo en medio de la consideración, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero Zaratustra, tan aficionado al vino Valdepeñas como á la filosofía; las conversaciones de Isidro Maltrana con el marqués de Jiménez, quien le pide á aquél un libro de política con muchas citas al pie de cada página... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre acibarada por unas livianas gotas de ironía...

Pero estos son «momentos» de inapresable duración, fulgureos brevísimos, rápidos como un guiñar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche, la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento, vuelve á cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendiéndose de polo á polo como un estremecimiento telúrico. Se pelea sobre el mar en Flor de Mayo, sobre el surco en La barraca y en La bodega, y bajo tierra, en las negruras de la mina, en El intruso. Y cual si la lucha ciclópea contra el planeta no bastase á consumir todos los alientos de la humana actividad, los hombres pelean entre sí: por el amor en Entre naranjos, por la gloria en La maja desnuda, por el progreso en La catedral, contra los fantasmas irreductibles del pasado en Los muertos mandan. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.

A esto debe atribuirse la inclinación de Vicente Blasco Ibáñez á los desenlaces trágicos. Unicamente los idílicos amores de Margalida y de Jaime Febrer en Los muertos mandan, terminan de un modo alegre, francamente confortador; los demás asuntos se desanudan tristemente: cuando en ellos no hay sangre, como acontece en Entre naranjos ó en La maja desnuda, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.

¿Por qué? ¿Acaso Blasco Ibáñez no es optimista?... Sí; el novelista es un hombre que tiene la alegría de sus victorias, el orgullo sano de su fuerza. Pero, por lo mismo que luchó mucho, conoce el ímprobo trabajo que cuesta vencer la gravedad de los obstáculos, la longitud y asperezas del camino que conduce al bien; camino ingrato, á lo largo del cual millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se olvida generosamente de sí mismo para compadecer á la legión infinita de los débiles, que no pueden subir. Sí, la vida, cuando se la vence, es hembra fácil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, están aquí, al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por un milagro de voluntad. ¡Y están tan lejos y tan altas, y el combate es tan duro!...