Las «humildes» abundan; forman un generoso ramillete de frentes pálidas, de cervices inclinadas, de labios sin color, de ojos esclavos perdidos en la melancolía de la tierra; hembras silenciosas que caminan sin ruido; caracteres recogidos acostumbrados á obedecer, primero al padre, al esposo después, á los hijos más tarde... A este grupo pertenecen Tonica, la costurerilla de Arroz y tartana; la Rosario infeliz de Flor de Mayo, que trabaja toda la semana para que á su Tonet, «al amo», no le falte tabaco ni dinero con que ir á la taberna; la Teresa de La barraca, tozuda, infatigable, en su lucha con la tierra; la pobre Borda, de Cañas y barro, enamorada de el Cubano con una pasión oculta y sin esperanza, de sierva; pasión que nunca le confía y que únicamente se descubre romántica cuando, viéndole muerto, le besa en los labios; Sagrario, la pecadora arrepentida y casi moribunda de La catedral; Feliciana, la mártir que, más que de parto, muere de pena, de miseria y de frío, en las últimas páginas de La horda; y Josefina, la burguesita desventurada, víctima de su educación, de La maja desnuda; y Margalida, la cordera asombrada y dulce, de Los muertos mandan...

Al lado de estas hembras vulgares, pacatas, faltas de iniciativas, y sin otra virtud que la virtud cómoda, pero infecunda, de la obediencia, están las «católicas»; voluntades belicosas, tiránicas, defensoras intransigentes de lo tradicional. Son doña Bernarda, la tía fanática de Rafael Brull, y también Remedios, la esposa de éste; una chiquilla de sensibilidad atrofiada para quien el matrimonio no pasó de ser una curiosidad; y son doña Cristina y su hija Pepita, en El intruso; y aquella terrible doña Juana de Los muertos mandan, que vieja, doncellona y millonaria, deshereda á su sobrino Jaime Febrer por el delito de haberse querido casar con una judía...

Conociendo el apasionado espíritu de Blasco Ibáñez, el modo impresionista, casi instantáneo, que tiene de «ver» los asuntos, y la tumultuosa celeridad con que escribe, arracimando caracteres y paisajes alrededor de la idea matriz, no sorprende la insistencia con que todos sus libros aparecen construídos sobre la historia de un macho bravo, irresistible, incapaz de claudicaciones, susceptible de caminar hacia el desenlace sin apartarse en una tilde de la línea recta. El hombre de presa, el héroe casto y sobrio, dominado únicamente por la obsesión «de llegar», no falta nunca; es una especie de materia prima; y es porque el novelista, inconscientemente, se complace en sí mismo y se retrata en sus obras.

Fuera de duda está que, tanto como los lances de amor, interesan á las multitudes los empeños de fuerza y bizarría. Si los primeros son golosos, los segundos también ejercen sobre nuestra curiosidad un poder de atracción enorme; y apuradillos nos encontraríamos todos si hubiésemos de responder con estricta sinceridad si solicita más nuestra atención el grupo apacible, silencioso, de dos novios que se besan, ó el choque brutal de dos hombres que se matan.

Como siempre, en este caso el Amor y la Muerte se disputan y reparten, acaso en proporciones iguales, el dominio de la humana emoción. Todo ello realmente depende, más que del fenómeno en sí, de la idiosincrasia sentimental ó belicosa del espectador: hay temperamentos para quienes el beso es lo único bello y trascendental que alumbra el sol; y otros, en cambio, de temple aventurero, que sueñan con ser protagonistas de hazañosas empresas. De todos modos es innegable que las más de las veces las muecas de la muerte ejercen sugestión eficacísima sobre nuestro organismo, y ello explica el número inmenso de devotos que tienen «la crónica negra» de los periódicos, los toros, los domadores de fieras, las luchas y, en general, todos los ejercicios donde la muchedumbre olfatea un peligro.

En el teatro, sea drama ó comedia lo que los actores representen, son pocos los hombres que se rinden al interés de la fábula escénica hasta el extremo de olvidarse de la mujer á quien acompañan: la idea de aparecer galantes les preocupa, y á cada momento, con un contacto de codos ó una frase trivial, procurarán demostrarla que piensan en ella; y la dama les mirará de soslayo y sonreirá engreída, sintiéndose triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros, y más aún en los circos, donde dos atletas van á luchar. La perspectiva del combate, la visión de la muerte, los esfuerzos y las fintas mañosas del torneo, acelerando la marcha del corazón, calientan la sangre de los espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidación subconsciente de cólera. Un légamo de instintos ancestrales se revuelve en nosotros: los ojos chispean, los puños se crispan, algo bárbaro endurece la expresión de los labios. En tales momentos prescindimos de la mujer á quien poco antes sonreíamos; no la vemos y, si nos llama, no la oímos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la necesidad de gritar, de reñir, de precipitarnos, sin saber por qué, sobre el espectador más cercano...

Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros, sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farándula. Hay autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardín versallesco, un capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y otros, por el contrario, que al asomarse á la realidad sólo ven su gran gesto trágico, su desesperación, sus miserias, sus injusticias y el inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca á la humanidad el trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas, se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los fuertes, á mansalva, patean sobre los vencidos, su indignación estalla con tempestuosidades proféticas.

Vicente Blasco Ibáñez pertenece á este grupo: al par que un verdadero artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de acción, que no sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aquí la importancia capitalísima, absorbente, que en sus libros tienen los «conquistadores». Citar sus novelas equivale á contar los tipos de esa raza perseverante y esforzada á que el autor sirve de tronco. El modesto luchador aragonés don Eugenio García, de Arroz y tartana, aparece más ó menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su fisonomía moral, en el Retor de Flor de Mayo, en el heroico Batiste de La barraca, en Toni de Cañas y barro, en el asombroso Sánchez Morueta de El intruso, en la figura de Pablo Dupont de La bodega, en el genial pintor Mariano Renovales de La maja desnuda... por no citar otros.

Refiriéndose á Sánchez Morueta, dice el autor de El intruso:

«Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y fecundarla con ardorosa violación. Había llegado como los políticos célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.»