No quiero desaprovechar la ocasión que ahora se me ofrece de esclarecer, siquiera sea ligerísimamente, el verdadero puesto ocupado por Blasco Ibáñez en la historia de nuestra novela contemporánea.
Por ser, según hemos visto, partidario acérrimo del método experimental ó de observación, y más aún, por haber empezado á escribir cuando el prestigio extraordinario de Emilio Zola rebasaba las fronteras francesas y llenaba el mundo, el autor de La barraca fué considerado como «discípulo de Zola y representante de la escuela naturalista en España». Esta afirmación caprichosa, lanzada por un «crítico profesional» cualquiera, la repitió alegremente «el vulgo» de los escritores y más tarde el público. El «prurito de clasificación», que tanto adula la pereza intelectual de las muchedumbres porque puede encerrar «en el cliché de una frase» la personalidad completa de un autor, acabó de dar validez á lo que, por su esencia, era totalmente arbitrario y gratuito. Este criterio prevaleció durante muchos años: era inútil que Blasco Ibáñez publicase obras arqueológicas como Sónnica la cortesana, ó libros de tan alquitarado lirismo como Entre naranjos; trabajo baldío; su renombre, para placentera comodidad y sosiego de la opinión, estaba ya fijado, catalogado y equivalía á una cédula personal. La crítica—esa crítica acéfala que no lee y juzga del mérito de los libros por su precio y los colorines de su portada—le había diputado «mantenedor del naturalismo español», y era inútil que el novelista demostrase, con sus libros, renunciar al cargo; el público no le admitía la dimisión, cual si fuese aquel un puesto que no pudiese quedar vacante.
¿Cómo negar que hay prolijos y notables puntos de concomitancia entre la obra de Emilio Zola y la de Blasco Ibáñez?... Mas ello no significa que éste siguiese puntual y servilmente las huellas de aquél, aunque las arquitecturas que ambos dieron á sus libros sean muy parecidas; como tampoco pueden considerarse «discípulos» de Zola, ni al maravilloso Alfonso Daudet, ni al enorme Maupassant, ni á Mirbeau, ni siquiera á Marcelo Prévost, aunque todos ellos cultiven el método experimental: pues á través de temperamentos tan enérgicos y rotundos como los precitados, la realidad, aun siendo indivisible y única, siempre se nos muestra remozada bajo matices distintos.
Es más; salvo Arroz y tartana, obra de juventud, escrita bajo la sugestión, legítimamente obsesionadora, del autor de Germinal, los demás libros de Vicente Blasco Ibáñez definen, por momentos con mayor energía, la personalidad del copioso novelista español. Blasco Ibáñez es un impulsivo, un impresionista, un impaciente formidable, que produce «por explosón», sin pauta ni medida, con una generosidad de catarata; y Zola, por el contrario, era el artista metódico, frío, avaro de su tiempo, que antes de sentarse á escribir un libro ordenaba sus notas y trabajaba con el reloj puesto sobre la mesa: fué Zola un temperamento calculador, una voluntad sin intermitencias, que burilaba la realidad y ahondaba en ella cachazudamente y «por penetración», con una lentitud perseverante, uniforme, de viejo buey uncido al yugo. Esto lo dice su estilo compacto. Emilio Zola, además, fué un casto, un místico triste y solitario, un hombre de «vida interior» abrumado por la preocupación vigilante de amontonar volúmenes; mientras Blasco Ibáñez es una vitalidad patriarcal, prolífica, desbordante, en cuyas obras campea la satisfacción de vivir, honda, sincera, inmarcesible.
La labor de Vicente Blasco Ibáñez, examinada en conjunto, brinda al observador puntos de vista dignos de consideración y recuerdo.
El recio carácter del novelista, su complexión sanguínea y batalladora y aquel desdén imperceptible, un poco oriental, que su temperamento impaciente de gozador siente hacia la mujer, causas son de que éstas no ocupen en su obra los primeros puestos. El las quiere, las quiere mucho... pero le aburren sus nerviosidades, su debilidad, la tacañería de su horizonte intelectual, la unilateralidad de sus instintos, dedicados siempre al amor, cual si fuera de este sentimiento no le quedasen al hombre desacotados y ubérrimos campos donde ejercitar su diligencia. Los jardines rumorosos de Armida le fatigan pronto: la hembra bella, acariciadora, indulgente, pulida por los refinamientos de la civilización, buena es para ese breve rato que los sentimentales llaman poéticamente «el cuarto de hora azul», de la pasión. Pero luego el varón fuerte debe zafarse de los blancos brazos enlazados á su cuello, y proseguir su camino, su lucha sagrada por el mejoramiento y bienestar humanos y la conquista de la tierra.
Así, excepción hecha de Entre naranjos y de Sónnica la cortesana, en sus demás libros «el dulce enemigo» fué relegado prudentemente á un modesto segundo término. Siendo de notar también, que así la protagonista de Entre naranjos, como Sónnica, la hetera ateniense, son dos tipos enérgicos, perfectamente varoniles, que de su sexo sólo tienen la hermosura.
Algunas de estas hembras concretan la parte más especulativa, más limpiamente artística, del alma de su autor. Son las «soñadoras». En este grupo figuran pocos nombres. Leonora, la heroína vagabunda de Entre naranjos, personificación de «el Amor, que pasa una sola vez en la vida coronado de flores con su cortejo de besos y de risas», y doña Sol, la teatral pecadora de Sangre y arena, pertenecen á la misma raza: á las dos las trastorna la música, y capaces hubieran sido de dar su virginidad por un beso recibido en el hechizo de una melodía de Schubert; las dos son veleidosas y sienten el acicate mordedor de empeñados y peregrinos lances; las dos caminan aburridas, desilusionadas de sí mismas, cautivadas únicamente por la atracción novelesca de lo que no tienen, y apenas consiguen lo que buscaban cuando lo rechazan con fastidio; su infierno va con ellas: no amarán nunca fuertemente, no sentirán el gozo reparador de las grandes ilusiones, no conocerán jamás ese bienestar, bienestar de reposo, que los espíritus agitados experimentan cuando una vez se detienen en la ruta de amargura de sus sensaciones. Para ellas nada hay substantivo, todo es «cuestión de ambiente, de escena...»
En la obra de Blasco Ibáñez también hay pocas «bravías», pues sin duda el novelista estima que raras veces la virtud del valor buscó aposento en pechos femeninos, mejor apercibidos para alimentar á los hijos y servir de regalo y lascivo contento á los hombres, que para vestir la cota y desafiar peligros. Algunas mujeres, sin embargo, pertenecen á este grupo: Dolores, verbigracia, la garrida pescadora de Flor de Mayo; y Neleta, aquella mujercita acerada y pequeña de Cañas y barro, á quien los terribles desgarramientos del parto apenas arrancan un quejido...
Casi toda la multitud femenina que vive en las novelas de Blasco Ibáñez, puede dividirse en dos grupos. A saber: «humildes» y «católicas». Para el autor de La barraca, ni la independencia de criterio ni las rebeldías de voluntad son rasgos peculiares de la mujer española, acostumbrada por imposiciones de educación y leyes de herencia, á la docilidad; y tan cierto es esto, que para explicar el alborotado temperamento de doña Sol y de Leonora, las presenta como espíritus exóticos, educados lejos del patrio terruño, único modo de sustraerse á la normalidad tediosa del alma castellana, desjugada y uniforme como su suelo. La mujer española es fuerte y valerosa, pero con el valor de la resistencia, de la pasividad; y si alguna vez despierta para lanzarse á las vehemencias del ataque, es cuando la religión, único resorte que después del amor y muchas veces por encima del amor, agita su ánimo, la impulsa á ello.