—Inmediatamente—continúa—me siento á escribir y produzco sin descanso hasta las cuatro de la tarde. A esa hora vuelvo á comer bien. Después doy un paseo y en seguida reanudo mi trabajo. A las once ceno. Luego me acuesto, y en la cama leo hasta las dos ó las tres de la madrugada. Como ve usted, duermo muy poco.

El resultado obtenido por los primeros libros de Blasco Ibáñez fué insignificante. De Arroz y tartana, que apareció en 1894, y de Flor de Mayo, apenas vendió quinientos ejemplares; La barraca también pasó casi inadvertida, y fué preciso que años después el famoso hispanófilo G. Hérelle, que la compró casualmente en San Sebastián un día de toros, entusiasmado con su lectura la tradujese al francés, para que nuestra Prensa y nuestro público reconociesen el mérito de esta novela ejemplar. Pero su autor tenía el amor á su profesión y la ciega fe en sí mismo que caracterizan á «los que llegan», y persistió en su empeño. Seguro de que únicamente en «lo vivido» reside el estremecimiento mago, motivo de toda suprema belleza, de tal suerte que nada que previamente no haya sacudido el temperamento del artista, sea novelista, pintor ó músico, puede utilizarse como límpido origen ó sólido cimiento de ninguna obra de arte, aplicóse devotamente á pasar por cuanto luego había de servirle de molde á sus libros. Así, para escribir Flor de Mayo, fué á Tánger y volvió en una de esas barcas, llamadas laúdes, que se dedican al contrabando de tabaco; como para «sentir» uno de los capítulos más interesantes de La horda se expuso á recibir un balazo franqueando, en compañía de varios cazadores furtivos y de perros amaestrados—perros que no ladran cuando ven á la presa—, los muros que circundan los bosques del real sitio de El Pardo; como para componer Los muertos mandan anduvo recorriendo en un bote las costas de Ibiza, hasta que, sorprendido por un temporal, hubo de refugiarse en un islote, donde permaneció catorce horas sin comer y remojado por las olas hasta los huesos.

Estas aventuras del novelista, unidas á los extremados lances y desafíos del antiguo revolucionario y á su desmedida afición á los viajes—Blasco Ibáñez ha recorrido gran parte de la América del Sur, Francia, Inglaterra, los Países Bajos, las naciones de la Europa Central, Constantinopla y todas las ciudades maravillosas de Grecia y de Italia—, prestaron á su literatura una riqueza de color y una inquietud espiritual extraordinarias. Su obra multiforme, inspirada en los puntos de vista más heterogéneos, es imagen afortunada de su propio vivir, abigarrado y peregrino como una quimera folletinesca.

Vicente Blasco Ibáñez es un «productor» formidable. Para reunir los elementos que habían de informar su célebre novela Sangre y arena, le bastó ir á Sevilla en compañía del matador de toros Antonio Fuentes. Los datos que recogió en Bilbao para componer El intruso los ordenó en una semana; la mayor parte de sus libros los ha escrito en dos meses; en la redacción de algunos sólo invirtió cuarenta y cinco días. Dominado por la impaciencia, deja que sus originales vayan sin leer á la imprenta, y, como Balzac, únicamente los corrige cuando están en pruebas.

Le pregunto:

—¿Tiene usted la concepción fácil?

—Mucho—responde—; yo soy un impresionista y un intuitivo; por lo mismo, esa lucha terrible entre el pensamiento y la forma, de que tanto se lamentan otros autores, apenas existe para mí. Es cuestión de temperamento. Yo creo que las obras de arte se ven instantáneamente ó no se ven nunca: si lo primero, el asunto se agarra con tal fuerza á mi imaginación y me absorbe y posee tan en absoluto, que, para descansar, necesito llevarlo al papel de un tirón. El alboroto nervioso que me produce la redacción de los últimos capítulos, especialmente, constituye para mí una verdadera enfermedad: se me cansan la mano y el pecho, me duelen los ojos, el estómago, y, sin embargo, no puedo dejar de escribir; el desenlace tira de mí, me esclaviza, me golpea en la nuca, me enloquece; parezco sonámbulo; me hablan y no oigo; quiero salir á dar un paseo y no me atrevo; la mesa me atrae y vuelvo al trabajo. Muchas veces he escrito diez y seis y diez y ocho horas seguidas. En una ocasión llegué á escribir treinta horas sin descansar más que el tiempo indispensable para beberme alguna taza de caldo ó de café...

Este era el modo de producir que tenía Alfonso Daudet.

«Es—dice el autor de Safo—como un flujo de calor vital que nos sube al cerebro; nos sentimos dominados, invadidos por el asunto, y empezamos á escribir febrilmente. Nada nos detiene entonces: el tintero queda vacío, el lápiz se rompe; no importa; seguimos adelante. Nos irritamos contra la noche que llega y nos cegamos en la penumbra del crepúsculo esperando la lámpara que no traen. Le disputamos el tiempo á la comida y al sueño. Si es necesario marcharse, ir al campo, emprender un viaje, no podemos resolvernos á dejar el trabajo y continuamos escribiendo de pie, sobre una maleta...»

Como todos los grandes novelistas meridionales, Blasco Ibáñez posee una memoria extraordinaria para los paisajes, especialmente cuando hace mucho tiempo que los vió. En la distancia de lo pretérito, las viejas imágenes se precisan y acoplan con rara exactitud; es un torrente de armonías pasajeramente olvidadas, de perfumes, de colores que resurgen con toda su antigua calidez palpitante. Este influjo que los elementos plásticos de la realidad ejercen en su espíritu es tal, que con frecuencia se yuxtaponen á las sensaciones de otra índole: á las auditivas, verbigracia. Blasco Ibáñez es un melómano; la música le produce estremecimientos inefables; Beethoven y Wagner son sus ídolos; muchas de sus cuartillas las escribió cantando... Y, sin embargo, hay momentos en que las notas del pentagrama se ofrecen á su imaginación como algo extenso, palpable, sujeto á las leyes del color y de la línea.