«El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias heridas por la luz—escribe en Arroz y tartana—era el trino dulce y tímido de los violines melancólicos; los campos, de verde apagado, sonaban para el visionario joven como tiernos suspiros de los clarinetes, «las mujeres amadas», como les llamaba Berlioz; los inquietos cañares con su entonación amarillenta y los frescos campos de hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda líquida, resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de amor de la viola ó románticas frases del violoncello; y en el fondo, la inmensa faja de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal que, á la sordina, lanzaba un lamento interminable.»

Esta admirable concurrencia y fusión de emociones no es, en Blasco Ibáñez, un estado pasajero de conciencia. Muy al contrario, constituye una normalidad, y, por así decirlo, el fundamento ó redaño más firme y dichoso de su complexión artística. Nueve años después, en 1903, su modo de «ver la música» es el mismo.

«Hay pasajes musicales—afirma un personaje de La catedral—que me hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo nunca he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques, castillos, grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo siempre dúos de amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos franceses hacen desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean entre parterres de rosales, vestidas de color violeta, siempre violeta.»

La propensión inconsciente que el espíritu del insigne novelista tiene á simplificar sus sensaciones reduciéndolas todas á fenómenos de visión, es el secreto de su arte, rezumante de plasticidad y colorido: á él debe referirse la seguridad admirable y la frondosa abundancia de sus descripciones, la exactitud en su manera de adjetivar, el desusado vigor, sobrio y justo á la vez, que emplea en el trazado de sus figuras, el balzaciano entono y verismo de los caracteres, y aquella emotividad poderosa, semejante á un gran soplo vital, que infunde á las escenas.

El autor de La barraca no prepara los elementos de sus libros con la meticulosidad ahincada y paciente de que los novelistas franceses hablan en sus autobiografías; su temperamento, siervo tumultuoso y ardiente de la impresión, se lo impide. Blasco Ibáñez es «un desordenado». Las «frases» ó los «pensamientos» que se le puedan ocurrir yendo por la calle, nunca los apunta; las «notas» que han de formar sus novelas no las escribe, las lleva en la memoria como un bagaje secreto, medio olvidado; pero apenas se sienta á escribir, cuando todas despiertan, y cual si obedeciesen á una evocación bruja vuelven ágiles y lozanas á su espíritu. El procedimiento que emplea en la confección y desarrollo de sus libros es sencillísimo: al principio sólo tiene el argumento capital, el «bloque», y los nombres de las tres ó cuatro figuras principales; lo episódico, como los personajes secundarios, que podríamos llamar de «relleno», la división de los capítulos, etc., va surgiendo después, al volar calenturiento de la pluma. Escribe con asombrosa celeridad, y pone en el curso de la narración cuanto se le ocurre; así, cuando termina, cada libro es una especie de selva munífica y desbordante. Entonces viene «la poda»; el novelista exuberante se eclipsa y aparece el crítico hosco, que corta, raja y suprime sin piedad. Saturno devora á sus hijos. «Esto sobra y lo otro también; aquellos dos párrafos pueden reducirse á uno... etc.» El estilo es fácil, tranquilo, sin rebuscados atildamientos de concepto ó de frase.

—Cuanto más sencillo es un autor—dice Blasco—menos esfuerzo cuesta su lectura. Por lo mismo procuro siempre escribir sin oropeles retóricos, llanamente, con el propósito único de que el lector «se olvide» de que está leyendo, y al terminar la última página le parezca que sale de un sueño, ó que acaba de devanarse ante sus ojos una visión de cinematógrafo.

La farándula le aburre, le molesta; su temperamento de marino, enamorado del horizonte y de la inmensidad saludable de los paisajes, desdeña la vida angosta de los escenarios; por buena que sea una obra teatral, siempre ve su artificio; no comprende que pueda ocurrir nada bello ni interesante sobre un tablado rodeado por árboles de cartón ó paredes de trapo. Los dramas más espeluznantes suelen provocar su hilaridad, y asegura que la noche en que asistió siendo niño á una representación de En el seno de la muerte, tuvo que salir del teatro antes de que cayese el telón, porque pensó reventar de risa...

—¿Y de la mujer—pregunto—qué opina usted? ¿Cree usted en su complejidad, en su perfidia?...

Adivino su respuesta, pero quiero recibirla de sus labios. ¡Bah!... Vicente Blasco Ibáñez sonríe, se encoge de hombros y por su rostro pasa la expresión satisfecha, un poco petulante, del hombre que, en lances de amor, ha triunfado muchas veces.

—La mujer—exclama—no es toda la vida... ¡ni siquiera la mitad de la vida!... con ser, indudablemente, lo mejor que hay en ella. No es que yo la desprecie, como los orientales, pero tampoco sufrí jamás su imperio tiránico. Yo soy un macho, un gozador, no un sentimental. Yo opino que la mujer es una de las muchas cosas legítimamente codiciables y dignas de conquista que hay bajo el sol...