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Imprenta Artística Española. San Roque, 7.—Madrid
MI PRIMER ESTRENO
Esa terrible enfermedad que los autores noveles desconocen—la inocencia es heroica—y que yo llamo «el miedo á estrenar», me mantuvo durante muchos años alejado del teatro. Así, para decidirme á tan grave andanza, fué preciso que los buenos amigos que entonces formaban la dirección del teatro Romea me pidiesen una obra, asegurándome, entre veras y burlas, que la derrota no debía intimidarme, ya que, desde Eurípides á Rostand, no nació de mujer dramaturgo genial ni modesto fabricante de comedias que no hubiera fracasado alguna vez. Vencido por estas discretas razones, acepté el compromiso; lo acepté lleno de júbilo... y también de miedo; porque, como el amor, el teatro es algo que simultáneamente asusta y atrae.
Sin otras vacilaciones, aquella misma noche tracé el plan de lo que mi obra Nochebuena había de ser; y al otro día, á las nueve de su mañana, me senté á escribir. ¡Memorable jornada! Trabajé sin vacilaciones, febrilmente, como empujado por el asunto; no podía detenerme; las escenas, atrailladas, tiraban vigorosamente unas de otras, y todas de mí. ¡Ni siquiera interrumpí mi labor para almorzar!... ¡Qué angustia!... Mi frente quemaba; la mano me dolía. No importa: adelante, pronto, hacia el final. A las seis y media en punto de la tarde, la comedia estaba escrita.
Dos días después comenzaron los ensayos «de mesa», y muy luego, merced á la diligencia de los actores, la obra «bajó á la concha».
¡Ah! Yo, que he asistido á tantos ensayos, creía entonces aventurarme por un mundo nuevo. ¡Qué emoción tan rara, tan intensa, tan exquisita, la de «ver» y «oir», hechas carne y voz, las ideas que horas antes sentí discurrir cautelosamente por mi cerebro! ¡Cómo se abultaban y afirmaban las escenas, cómo el arte flexible de los comediantes daba relieve á ciertas frases y cómo, entre ellos, las pausas adquirían un valor precioso, definitivo, nunca imaginado por mí!... Sí; es preciso haber ensayado—porque en los ensayos, al autor le parece hablar consigo mismo—para comprender que el arte del comediante es un arte diabólico que á veces aligera lo que parecía pesado, y otras, magnifica y llena de luz lo que, sobre el papel, se nos antojaba menguado y obscuro, y deslíe, en fin, por toda la obra, una emoción nueva, penetrante, caliente y triunfadora, de humanidad.