Esto ocurría en los últimos días de 1908.

Llegó, al cabo, la noche del 23 de Diciembre, fecha de mi estreno. Los periódicos habían propalado la noticia de mi aventura; grandes carteles decían mi nombre, y en insolentes letras rojas, que me abrasaban las pupilas, el título de mi comedia: Nochebuena. La lluvia que caía, abundante, contribuyó, sin duda, más que yo mismo, á «llenar» el teatro; invadía las localidades un público nutrido y selecto; el temible «todo Madrid» de los estrenos allí estaba saludándose familiarmente con la mano, desde un extremo á otro del pequeño salón. Un acomodador vino á decirme, con una sonrisa de felicitación, «que no había billetes».

Y yo, lejos de regocijarme vanidosamente, me acongojaba pensando que todos aquellos espectadores habían adquirido en la taquilla el derecho á rechazar mi obra y á significarme con sus siseos ó la corrección glacial de su silencio, que «lo había hecho muy mal...»

La batalla iba á empezar. El batiente de una puerta se cerró con estrépito, y oí una voz que gritaba imperativa:

—¡Que no entre nadie! ¡Aquí no debe entrar nadie!...

Aquella orden me dió á comprender que entre el público reunido allí para juzgarme, y yo, reo confeso del grave delito de escribir comedias, había un abismo. Con lo que mis zozobras empeoraron. Para disfrazar un poco mi inquietud, traté de fumar; ¿dónde había puesto las cerillas?...; las busqué inútilmente, metiendo varias veces la mano en el mismo bolsillo; no las hallé; el cigarro concluyó por romperse entre mis dedos trémulos...

Los comediantes, mis amigos, mis defensores, mis aliados fervorosos en aquella hora terrible, me rodearon.

—No se asuste usted—repetían—; hay que ser valiente; aquí estamos nosotros...

Yo les abrazaba, sintiéndome unido á ellos por uno de esos cariños fraternales que sólo sabe tejer entre los hombres el peligro.

Ramona Valdivia, la excelente actriz, vestida ya para salir á escena, me estrechó las manos. ¡Pobrecilla!... Las suyas, frías estaban como las de una muerta.