—No tenga usted miedo—dijo—; ya verá usted; la obra es muy bonita...

Y yo, inconsciente, ridículo, grotesco tal vez, replicaba tuteándola:

—Tú... eres la que no debe tener miedo. Si tú... si usted... no me salva, soy perdido.

Cerca de mí andaban también Adriana Corona y Pilar Ezquerra y Amparo Montalt... y todas eran á prodigarme palabras de energía y de optimismo.

Moreno, el apuntador, estaba en la concha; el electricista, en su sitio; un traspunte pasó diciendo la frase:

—¡Prevenidos! ¡Se va á empezar!...

Especie de alerta que obliga á santiguarse á las mujeres.

Hubo un silencio; sonó un timbre; el telón se alzó lentamente sobre el resplandor de la batería... y ante mis ojos quedó abierto, como una fauce fiera y enorme, ese abismo donde tantas obras y tantos autores han perecido.

A mi alrededor, las actrices se persignaban, y luego, valerosamente, salían á escena. Iban resueltas, llenas de entusiasmo, vibrantes de orgullo, como soldados que corriesen á la defensa de una barricada; y todo mi amor y todo mi agradecimiento las seguía.

La primera escena «pasó» bien; después, cierta frase obtuvo un murmullo de estimación; poco á poco, la obra iba conquistando simpatías, enlazando los ánimos en el hilo de la misma emoción, imponiéndose. Al fin, el aplauso tan deseado estalló.