Pero yo no lo oí.

—¿Qué dicen? ¿Qué quieren?—repetía furioso.

Y Jerónimo Gómez, que me acompañaba, exclamó riendo:

—Pero, ¿se ha quedado usted tonto, hombre de Dios? ¿No oye usted que aplauden?...

Así era, en efecto; lo que no impidió que aquella memorable jornada dejase en mi ánimo, más que el disculpable engreimiento de una pequeña vanidad satisfecha, una emoción de miedo. No obstante, he vuelto á estrenar; porque el teatro, ya lo dije antes, es como el amor, que asusta, pero atrae...

El título de TEATRO GALANTE que doy al presente volumen, responde á la índole especial de las tres obras en él reunidas. Recuerdo que la crítica creyó ver en ellas mi propósito de formar un género particularísimo, atrayente, de aventureros y cortesanas. Confieso que no hay tal: el artista, cuando produce, no puede ser deliberadamente ni religioso, ni escéptico, ni conservador, ni iconoclasta, sino que, al producir, lo hace sin prejuicio alguno, según su temperamento, ó, mejor aún, conforme el estado especial por que atravesaban sus nervios en el momento febricitante de la producción. Por lo que no es raro verles contradecirse á cada paso, ni más ni menos que la misma Naturaleza, maestra en toda laya de inconsecuencias y paradojas.

Así, si las heroínas de mis pobres comedias pertenecen á ese demi-monde que tentó á Dumas, fué porque, al coger la pluma, la inspiración, caprichosa y arisca siempre, derivó hacia él. Diciendo esto, no trato de disculparme, sí de consignar un hecho. En último término, seguro estoy de que entre Ellas, «las deseadas de una noche», el artista puede descubrir grandes bellezas, por lo mismo que, bajo la frivolidad de sus sombreros empenachados y de sus vestidos de encajes, late sagrado, perenne, el inmenso dolor de no ser estimadas...

Y la Belleza es, generalmente, espuma de Dolor.

Eduardo Zamacois

Madrid, Abril, 1910.