— Yo sueño con Vega desde aquel mensaje del Argos — dijo el jefe, volviéndose hacia Eon Tal —. Y ahora está claro que la milenaria atracción subyugante de los maravillosos y lejanos mundos cegaba a multitud de hombres sabios y prudentes y a mí mismo.

— ¿Cómo descifra usted ahora el mensaje del Argos?

— Simplemente así: «Los cuatro planetas de Vega carecen por completo de vida. No hay nada más hermoso que nuestra Tierra. ¡Qué dicha será volver a ella!» — ¡Tiene usted razón! — exclamó el biólogo —. ¿Por qué no se le habrá ocurrido a nadie antes?

— Puede que se le haya ocurrido a alguien, pero no a nosotros, los astronautas, y quizá, tampoco al Consejo. Sin embargo, eso nos hace honor, ¡pues es el sueño audaz, y no la decepción escéptica, lo que triunfa en la vida!

El vuelo circundante del planeta había terminado en la pantalla. A continuación, vinieron las informaciones grabadas por la estación automática enviada para analizar las condiciones en la superficie del mismo. Luego, se oyó una fortísima explosión: era que habían lanzado una bomba geológica. Hasta la astronave llegó una gigantesca nube de partículas minerales. Aullaron las bombas al recoger el polvo en los filtros de los canales aspiradores laterales. Varias muestras de polvillo mineral, procedente de las arenas y montañas del planeta calcinado, llenaron las probetas de silicol; el aire de las capas superiores de la atmósfera fue encerrado en balones de cuarzo.

Después, el Argos emprendió el viaje de regreso, que debería durar treinta años y que el destino le impidió terminar. Y ahora era su camarada terrestre quien habría de llevar a las gentes todo lo que habían conseguido, con tanto esfuerzo, paciencia y arrojo, los audaces exploradores muertos…

La continuación de las informaciones grabadas — seis bobinas de observaciones — debían ser estudiadas por los astrónomos de la Tierra, y lo más esencial sería transmitido por el Gran Circuito.

Nadie quiso ver los filmes referentes a la suerte ulterior del Argos: su lucha encarnizada contra la avería y la estrella T y el último carrete sonoro, especialmente trágico, pues las propias emociones eran todavía demasiado recientes. Decidieron aplazar la proyección para el día en que todos los tripulantes estuvieran despiertos. Sobrecargados de impresiones, los astronautas de guardia se fueron a descansar un poco, dejando al jefe en el puesto central de comando.

Erg Noor ya no pensaba en el frustrado sueño. Trataba de valorar aquellas amargas migajas de saber conseguidas para la humanidad a costa de tanto esfuerzo y tan grandes sacrificios de dos expediciones: la del Argos y la suya. ¿O serían amargas solamente ¡a, consecuencia de la tremenda desilusión?

Por vez primera, Erg Noor veía a su magnífico planeta natal como un inagotable tesoro de espíritus humanos cultivados, afanosos de saber, libres de los pesares y peligros de la naturaleza o de la sociedad primitiva. Los padecimientos, las búsquedas, los fracasos, los errores y las decepciones subsistían aún en la época del Circuito, pero habían sido trasladados a un plano superior de creaciones en las ciencias, el arte y la construcción…