— ¿Dónde han escondido ustedes a Dar Veter? — preguntó en broma a las tres mujeres.
— ¿Y dónde ha metido usted a Ren Boz? — repuso Evda Nal, y el africano rehuyó la penetrante mirada.
— Veter está escarbando el suelo de América del Sur, para extraer titanio — explicó caritativa Veda Kong, y un temblor impreciso estremeció su rostro.
Chara Nandi, con ademán protector, atrajo hacia sí a la bellísima historiadora y, cariñosa, apretó su mejilla contra la de ella. Los rostros de las dos mujeres, tan diferentes, se asemejaban, hermanados por la misma dulce ternura.
Las cejas de Chara, rectas bajo la despejada frente, parecían las desplegadas alas de un pájaro cernido en el espacio y armonizaban con los alargados ojos. Las de Veda se alzaban hacia las sienes.
«Una ave levanta el vuelo», comparó mentalmente el africano.
La espesa cabellera de Chara, negra y brillante, que caía sobre la nuca, esparciéndose por los hombros, acentuaba el tono severo de los alisados cabellos de Veda, recogidos en alto peinado.
Chara miró al reloj de la cúpula de la sala y se levantó.
Su vestido asombró a Mven Mas. Una estrecha malla de platino rodeaba los tersos hombros de la muchacha dejando ver el cuello. Bajo las clavículas, la malla se cerraba con un reluciente broche de turmalina roja.
Los pechos, firmes, turgentes, como dos espléndidas pomas de maravilloso trazo, estaban casi descubiertos. Una franja de terciopelo morado pasaba entre ellos, desde el broche hasta el cinturón. Otras franjas iguales, que mantenían tensas unas cadenillas enlazadas en la desnuda espalda, cruzaban por en medio cada seno. Ceñía el breve talle un albo cinturón, tachonado de estrellas negras, con una hebilla de platino en forma de media luna. Sujeta por atrás al cinturón pendía una especie de media falda larga de gruesa seda blanca, ornada igualmente de negras estrellas. La danzarina no llevaba joya alguna, salvo las refulgentes hebillas de sus zapatitos negros.