Éste callaba azorado, pero el rubio acudió en su ayuda:
— ¡El progreso! — respondió con valentía, y Veda quedó entusiasmada.
— ¡Esa magnífica contestación merece un premio! — exclamó la historiadora, y, luego de echarse una ojeada, se quitó del hombro izquierdo un broche de esmalte, en forma de níveo albatros sobre un mar azul, y se lo tendió al muchachito en la palma de la mano.
El chico, cortado, vacilaba en aceptarlo.
— Tómalo en recuerdo de nuestra conversación de hoy y… ¡del progreso! — insistió Veda, y el muchachito acabó por tomar el albatros.
Sujetándose la blusa, que se deslizaba del hombro, Veda emprendió el regreso al parque. El broche aquél era un regalo de Erg Noor, y el súbito arranque de entregarlo significaba mucho; entre otras cosas, un extraño deseo de desprenderse cuanto antes de un pasado ya muerto o a punto de morir…
Toda la población de la ciudad escolar se congregó en la redonda sala, situada en el centro del edificio. Evda Nal, vestida de negro, subió al estrado que se encontraba en medio, iluminado profusamente desde arriba, y abarcó con mirada serena las gradas del anfiteatro. Al oír su voz clara, no muy sonora, todos quedaron pendientes de sus labios.
Los altavoces no se utilizaban más que para la técnica de seguridad del trabajo. Y la aparición de los televisores estereofónicos había hecho innecesarios los grandes auditorios.
— Los diecisiete años señalan un gran cambio en la vida. Pronto pronunciaréis las palabras tradicionales en la Asamblea de la región de Irlanda: «Vosotros, los mayores, que me llamáis a la senda del trabajo, recibid mi saber y mis buenos deseos, aceptad mi labor y enseñadme día y noche. Tendedme vuestra ir ano de ayuda, pues el camino es arduo, y yo os seguiré.» Esta antigua fórmula encierra un profundo sentido, del que debo hablaros hoy.
«A vosotros, desde la infancia, os enseñan la filosofía dialéctica, que en los libros secretos de la remota antigüedad se llamaba «El Misterio del Doble». Se consideraba entonces que esa gran ciencia sólo podían poseerla los «iniciados», los poderosos, los hombres de gran fuerza moral y elevado intelecto.