— ¡Sí!
Mven Mas se volvió para nadar más lejos y lanzó un grito de sorpresa. La inaudita transparencia del mar, que acababa de jugarle una mala pasada, era aún mayor allí, a distancia de la costa. Chara y él parecían planear a una altura de vértigo sobre el fondo, netamente visible hasta en sus menores detalles a través del agua, tan transparente como el aire. El arrojo triunfante de los que lograban sobrepasar los límites de la atracción terrestre se apoderó de Mven Mas. Aquellos vuelos en plena tempestad, sobre el océano encrespado, y los saltos en el negro abismo del Cosmos desde satélites artificiales suscitaban las mismas sensaciones de infinita intrepidez y seguro éxito. De un fuerte impulso, acercóse a Chara, susurrando su nombre y leyendo la ardiente respuesta en sus ojos claros, audaces. Y sus manos y sus labios se unieron sobre la sima de cristal.
Capítulo XII. EL CONSEJO DE ASTRONÁUTICA
El Consejo de Astronáutica, al igual que el de Economía, cerebro del planeta, poseía un edificio aparte para sus sesiones científicas. Se estimaba que el acondicionamiento y el ornato especiales del local debían disponer bien a los congregados para la solución de los problemas del Cosmos, contribuyendo así al rápido tránsito de los asuntos terrestres a los siderales.
Chara Nandi, que no había estado nunca en la gran sala del Consejo, entró con emoción, acompañada de Evda Nal, en aquel extraño recinto, cuya bóveda parabólica y anfiteatro elíptico le daban una forma oval. Una clara luz rosáceo-violada, que parecía emitida por otro astro, inundada la sala. Todas las líneas de los muros, del techo y de las gradas iban a unirse al fondo de la enorme estancia, como si aquel fuese su punto de convergencia natural. Allí, sobre un estrado, había unas pantallas para las proyecciones, una tribuna y unos asientos destinados a los miembros del Consejo que presidían la sesión.
Los paneles de las paredes, de color oro mate, estaban cruzados por una fila de mapas en relieve. A la derecha, se extendían los de los planetas del sistema solar; a la izquierda, los de los planetas de las estrellas próximas, estudiados por las expediciones del Consejo. Más arriba, bajo el telón azul de la bóveda, se alineaban los esquemas, trazados con colores luminosos, de los sistemas estelares habitados, recibidos de los mundos vecinos por el Gran Circuito.
A Chara le llamó la atención un cuadro, oscurecido por el tiempo y restaurado, sin duda, más de una vez, que se encontraba sobre la tribuna, en el muro del fondo. Un cielo morado ocupaba toda la parte superior del inmenso lienzo. La pequeña hoz de una luna ajena lanzaba su luz blanquecina y muerta sobre la popa, alzada impotente hacia el cielo, de una vieja astronave que se destacaba con rudeza sobre la púrpura del crepúsculo.
Erizábanse en hileras unas azules plantas deformes, secas y duras, que parecían metálicas. Y un hombre con ligera escafandra de protección caminaba a duras penas hundiendo los pies en la profunda arena. Miraba atrás, a la nave destrozada y a los cuerpos, sacados de ella, de sus compañeros perecidos. Los cristales de su máscara tan sólo reflejaban los purpúreos resplandores del sol poniente; pero el pintor, con ignoto artificio, había sabido expresar en ellos la infinita desesperación de la soledad en un mundo extraño. A la derecha, por un montículo, reptaba algo vivo, informe y repugnante.
Al pie del cuadro, su título — «Solo» — era tan lacónico como expresivo.